“Vuelva Vd. mañana…” Reflexiones sobre el “alzheimer”

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La llamada muerte quizás sea nuestra mayor aliada en el reto ineludible de desapego de las formas. Dice la ciencia espiritual que la desaparición de un ser querido es una invitación a seguir amando sin un cuerpo físico, sin ceñirnos exclusivamente a un solo ser. Dicen las enseñanzas a las que nos debemos, que la materia no debe ser necesaria para desplegar todo el amor que abrigamos dentro. A su forma, en su idioma, él ya nos lo había advertido. Nos comunicaba silente que ya no estaba allí, que no le buscáramos en ese cuerpo. Esa mirada perdida en realidad nos estaba invitando al desapego, indicaba ya un aleteo emprendido. Esos ojos azules cada vez más claros hablaban de cielos ya conquistados, de esferas en las que ya estaba incursionando. A su manera, confesaban una ausencia, evidenciaban un alejamiento del alma.

Las más importantes lecciones tan a menudo nos pasan desapercibidas. La vida nunca nos avisa de sus enseñanzas. Nos pilla siempre fuera, “wasapeando”. Diría que nos las acerca cuando más despistados andamos. La vida siempre nos invita a estar más y más presentes, como única forma de no dejar pasar sin atrapar nuestras lecciones imprescindibles. Él se había marchado y nosotros sin embargo todavía actuábamos como si estuviera presente. Le llamábamos a sabiendas de que ya no estaba allí, de que no nos podía responder, de que el verdadero ser ya aleteaba.

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No todo era igual.

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No era lo mismo un color político que otro, no era lo mismo demócrata que republicano, Bush que Obama. Lo hemos dicho hasta la saciedad. Han sido muchos los artículos en defensa del primer presidente de color de los EEUU, muchas las réplicas, las contestaciones… Hemos dicho y diremos que el avance humano es evolutivo, que no se pueden dar saltos en el vacío, no se puede imprimir un ritmo de reformas que la mayor parte de la población aún no está en condiciones de asumir.

La noticia que abre hoy los periódicos nos anima a creer que quizás no estábamos del todo equivocados. Hoy hay cinco millones de emigrantes sin nudo en el estómago, ni amarga lágrima en sus mejillas, cinco millones de “sin papeles” que no están reuniendo sus enseres y haciendo las maletas, que no se están despidiendo de sus familiares y amigos; cinco millones de hermanos, la inmensa mayoría latinos, que seguramente no tendrán que volver a su geografía de precariedad y que podrán intentar un futuro más próspero y con mayores posibilidades, gracias al empeño de Obama y lo suyos.

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La morada del resplandor

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Tiro de torpe memoria y de adelantado pido perdón por las imprecisiones y desvaríos. No tengo conmigo ese libro maravilloso que es la “Morada del resplandor”, una obra desbordada de prodigiosa poesía y profunda y actual enseñanza como todas las de Daniel Meurois Givaudan. La fama de Nagarté se había extendido mucho más allá de Alepo. Cuando en nuestros días los medios hablan tan a menudo de esta ciudad mil veces bombardeada por Al Assad, siempre pienso en el gran sacerdote y médido cuyo nombre llegó a oídos del faraón Amenofis IV, más conocido bajo el nombre de Akhenatón, “el faraón ebrio del Sol”. “Mi plan, decía Akhenatón, consiste, no en cambiar las leyes, sino en llevar a la tierra roja (Egipto) a la Ley.”

Nagarté vivía apaciblemente en ciudad siria junto a su familia de adopción. Las historias sobre él habían desbordado sin embargo las fronteras. En realidad no tuvo mucho tiempo para pensarlo. Al día siguiente de que el heraldo llamara a su puerta, ya estaba camino del desierto para levantar a las órdenes del faraón el más ambicioso proyecto de comunidad fraterna hasta entonces conocido, “la morada del resplandor”, la comunidad inspirada en el sol y las enseñanzas solares. Nagarté sabía que hay un destino que no pueden frenar los apegos ni familiares, ni de la tierra. Su pequeña hermana Tyrsa lloró como nadie la partida de su solicitado hermano, que había decidido en muy breves instantes aceptar la invitación para servir al faraón y sus nobles proyectos.
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Campo abierto

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Se pasaban al día ocho horas con una motosierra que cortaba las vísceras de los animales. Ahora esas potentes máquinas se han detenido. El fuego que acabó con la factoría las ha parado. Se volverán a activar en el 2016 cuando de nuevo pongan en marcha la gran planta de “Campofrío”. Son más de mil trabajadores los que aguardan a que pasen estos veinticuatro meses para volver a tomar la motosierra, el hacha, el largo cuchillo.Tiene que haber otro horizonte, otro cielo, otra anhelo, otra fábrica, otra forma de relacionarnos con los hermanos animales. Tiene que haber otra herramienta que blandir, otro aire que respirar. Tiene que haber otro espacio sin esos efluvios etéricos del sacrificio consumado. Techos sin longanizas, sin chorizos, ni morcillas, sin tanto sufrimiento de nuestros hermanos colgando de nuestras cocinas.

Sabemos que hablamos en clave de futuro. Cuando nos ponemos a soñar, sólo encontramos animales libres y felices. Nos armaremos de paciencia, pero jamás renunciaremos a esa ternura, a ese amor que les debemos. No sé si es pronto para hablar de ese futuro, no sé si es el momento oportuno cuando alrededor de mil trabajadores burgaleses se han quedado sin trabajo. No lo sé, pero tiene que haber una fórmula en que todos seamos felices, humanos y animales, en que el trabajador recupere la dignidad que le da su trabajo, sin necesidad de empuñar esos instrumentos, sin fichar en esas granjas, en esos mataderos.

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Abrazar la orfandad

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De la cocina viene el canto del Avalokiteśvara. Suena todos los días a la misma hora, cuando ella llega del trabajo y se pone a cortar las verduras. Es su ofrenda por la salud de Thay. Yo lo escucho también a lo lejos, desde mi mesa de trabajo. Entre tecla y tecla pido igualmente por ese anciano monje vietnamita que reposa enfermo en un hospital de Burdeos y que tanto, tanto nos ha dado, nos sigue dando.

Parece que este otoño quisiera concitar todas las orfandades y por lo tanto todas las iniciaciones. Nos toca anunciar primavera en medio de las hojas caídas. Parece que este noviembre estuviera dispuesto a sacar de nuestro interior toda la fuerza y el poder, bien otorgado a otros, bien acallado. La orfandad marca el fin a tanto tomar y cobrar. Es el relevo, es cuando ya no debes esperar que nadie te dé, es cuando suena la hora en que tú has de comenzar a darlo todo. La orfandad es cuando ya no hay tutorías, cuando se abren todas las puertas, cuando los campos te pertenecen en toda su anchura y te asalta ese imprescindible terror a la libertad que tanto has clamado y vociferado.

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¿Quién dijo que marchaste?

Luis Alday Marticorena
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Tú también estás llegando, entre el eco de tamborradas que no se acaban,

a la vera de barandillas cuyas playas no se agotan, cuyo Cantábrico no tiene fin.

Estás llegando corriendo, volando, sin bastón, sin carro, sin tropiezo.

Corriendo reunimos también para ti los otoños por pisar,

los atardeceres por llover, la hojarasca por apurar.
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Siempre un canto a la Vida

La vida no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la Vida. Es Ella la que nos susurra cuando desea que le devolvamos la vestidura física, cuando reintegrar los materiales prestados. Nunca deberíamos adelantar esa hora. No conviene contravenir un plan ya pautado y en el que hemos participado nosotros mismos. Si fuéramos más conscientes de lo que al otro lado del velo implica gestar una vida física, de la de seres que concurren en esa aventura; si tomáramos noción de todo lo que se espera de cada uno/a de nosotros/as, no consideraríamos el acabar con nuestro cuerpo. Mientras estemos aquí, en este plano, en estas circunstancias, aún con todas las limitaciones, aún con todos los sufrimientos, con el cáncer más agresivo…, siempre podremos ser útiles. Si palpita nuestro corazón, es que algo nos queda pendiente por cumplir, por saldar, por abrazar. La Vida es demasiado inteligente como para mantener algo que no tiene sentido.

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