No arañar el alma

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Volver a nacer es un derecho que no debiéramos cuestionarnos. Ningún autoflagelo nos debe impedir rehacer nuestra vida. No deberemos arañar el alma en nuestro ejercicio de contrición. Sobran las uñas si el arrepentimiento es verdadero. Al final va a ser verdad lo que claman los manuales de nueva era. Hemos de aprender a perdonarnos a nosotros mismos. Sólo cada quien sabe en su templo interno cuándo sobra látigo y falta pomada, cuándo acontece al contrario y vertimos sobre la herida cicacitrante exceso de ungüento. Una vez más vamos tras el punto de equilibrio en el que nos observemos con ponderación. Reconocido nuestro error, intentado reparar el daño, hemos de liberarnos e intentar mirar para adelante.

El Cielo nos necesita y flaco favor le hacemos si permanecemos hundidos en nuestra pena. No podemos andar la vida mendigando un perdón ajeno. No podemos ser esclavos de nuestros dolorosos recuerdos. Hemos de reparar sí, hemos de enmendarnos por supuesto, pero no podemos ser siempre deudores del ayer. Hemos herido y nos han herido. A todos nos aguarda la iniciación en el perdón. Nos cuidaremos mañana de dañar, de causar a alguien aflicción, pero no nos ataremos de por vida a la cadena de nuestro error pasado.

A veces no hay juez más severo que nosotros mismos, no hay mazazo más contundente que el que pegamos sobre el tablón de nuestra conciencia. Escribo porque la vida es un encuentro de almas que se nutren y se ayudan y lo que ahora sale del corazón de uno puede ser de utilidad a quien tiene el suyo lastimado. Siempre que nos expresamos desde bien adentro, estamos en condiciones de ayudar a otro hermano/a. Escribo para los que tratan también de limar los barrotes de su propia cárcel, escribo para decirles que nos encontraremos en el ancho, alto y soleado prado.

Si el perdón no llega de fuera, tengamos la fuerza y el coraje de regalárnoslo, de desatar con ternura el nudo que ata nuestra alma. Si el perdón no llega de fuera, oremos para que los otros labios puedan balbucear su perdón pendiente, al igual que nosotros deberemos regalar sin titubeos el nuestro para quien nos causó perjuicio. Si el perdón no llega desde fuera, ensanchemos los brazos y abracemos con todo nuestro corazón a la persona que dañamos; con toda la fuerza de nuestro espíritu pidamos por ella, roguemos por el reencuentro. Esa hora anhelada no la escribimos nosotros. Sólo la solicitamos. No nos rindamos, llegará cuando la merezcamos.

No bajemos nunca la guardia. Seamos exigentes con nosotros/as mismos/as. Cuidemos ser impecables en el actuar, no volvamos nunca jamás, bajo ningún concepto, a dañar a nadie, ni a nada, pero decidamos también abrazarnos; aquí y ahora liberarnos, no seguir ya más rasgando y arañando nuestro alma.

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