La fe como vacuna

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La superación del miedo separa al hombre nuevo del antiguo. Trascender el temor a la enfermedad y a la llamada muerte, inaugura una nueva etapa en la evolución humana. Nuestro verdadero adversario es nuestro propio y paralizante miedo, no el último virus que se propaga con más o menos terquedad. Ocurrió el pasado sábado. Un joven nigeriano venía de Estambul y llevaba unas bolas de cocaína en el estómago. Una de ellas quiso abrirse en el trayecto. Cuando llegó a Barajas se desplomó. Nadie le atendió por miedo a que tuviera el ébola. Estuvo tendido en el suelo de la T1 durante cinquenta minutos tras la caída. Murió en la camilla que le trasladaba finalmente al hospital.

Ganado por el miedo, el humano puede olvidar al hermano y dejarlo desangrar a su vera. La humanidad está perdida en los brazos del miedo. Bajo su control no somos nada, bajo su gobierno podemos llegar a perder hasta nuestra dignidad. Contra la pandemia del miedo no bastan los trajes de astronautas de usar y tirar, los miles y miles de guantes de latex que cada día fabricamos. Contra el terror instalado en las entrañas del ser humano sin valores superiores a los que asirse, sin destino trascendente en el que proyectarse, quizás sea necesario probar la vacuna de la fe. La imagen de ese hombre de color desangrándose en el frío mármol del aeropuerto, sin que nadie le socorriera, representa una triste instantánea de nuestros días, una lacerante imagen de lo que constituye, en una importante medida, nuestra civilización materialista.

Recurrimos a todo tipo de profesionales con el deseo de imprimir seguridad a nuestros días, pero ninguno de ellos nos la puede proporcionar. Agotadas todas las puertas a las que llamar, quizás convenga probar de la fe, que no nos proveerá otro profesional, sino que por naturaleza albergamos en nuestro interior. No precisamente la fe en “diosito bueno”, sino la fe, la confianza en la ley, la certeza de que si nos prodigamos en servicio y amor al prójimo no tendremos absolutamente nada por lo que temer. No estamos hablando de una fe ciega, sino científica en el sentido de que nada puede impedir que se cumpla la ley del karma, también llamada de causa y efecto o de siembra y cosecha. No estamos hablando de ponernos a recitar de nuevo los salmos a un Dios tan protector como justiciero, nos referimos a clavarnos en la íntima seguridad de que nunca estamos solos; sobre todo si nos acercamos al desvalido, al necesitado, al hermano de color que yace en el frío mármol de un aeropuerto.

Desde el momento que nos implicamos en la corriente de entrega y donación, somos superiormente asistidos. No hay seguro, que se pueda comparar al de enfilar nuestra vida en la vía del altruismo. El ser humano debiera explorar que la seguridad y la paz no las va a alcanzar firmando pólizas o planes de pensiones con aseguradoras, sino volcándose en el cuidado y amor a sus semejantes; que nuestra salud no se va a garantizar alejándonos de los semejantes de color, que creemos pueden portar el terrorífico virus, sino más al contrario, acogiéndolos y uniendo su destino y el nuestro.
Siempre hay algo que nos inquieta. Quizás es llegada la hora de que nos convenzamos de que esta civilización materialista que va privando al hombre de su humanidad y a la vida de su magia y trascendencia, no puede dar real respuesta a ninguno de los grandes problemas que nos atenazan. Para cuando llegó el ébola, ya estábamos cargados de miedos. La nueva enfermedad vino a colmar esos temores. ¿Era el bichito el problema o lo eran nuestros terrores siempre dispuestos a prodigarse y multiplicarse?

El miedo es la consecuencia más evidente del alejamiento del humano de su condición trascendente. Si creemos y nos entregamos al Dios Amor nada nos puede pasar, entre otras cosas porque la muerte no representa nada, apenas un cambio de vestiduras y escenario en el recorrido de nuestro alma. Superar el terror a la enfermedad y la muerte es la prueba iniciática que tiene pendiente nuestra civilización actual. Para que ningún hermano de ningún color yazca desangrado en ningún aeropuerto, para que nuestra manos se posen en la frente ardiente, para que las camillas acudan raudas y nadie sea abandonado/a a su suerte por temor al contagio…

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