El bicho que tragaba telediarios

Dice el misionero navarro, José Luis Garayoa, que trabaja en una de las zonas más infectadas por el Ébola en Sierra Leona, que cuando llegan a su pueblo los servicios de recogida de los cadáveres con todos sus trajes y parafernalia, los niños salen a perseguirlos como si fueran gigantes y cabezudos. Del asombro de allí al espanto de aquí, hay un abismo. Es en medio de las situaciones difíciles que nos retratamos. Es en medio o en los aledaños del pánico que aflora nuestra naturaleza más genuina. El Ébola ya tenía tras de sí su reguero de miles de muertes, para cuando voló a la península y nos enteramos de qué se trataba. Sí, es cierto, podíamos haber dejado morir al religioso en África, en realidad ya habíamos dejado morir a otros muchos antes. Creo que su piel era más oscura y en el bolsillo no tenían un cuaderno de tapa rojo oscura que reza “Pasaporte”.

Los problemas no son nuestros cuando comienzan a desembarcar en nuestros aeropuertos. En un mundo globalizado los titulares los merece también, siquiera por un día, la epidemia que brota muy lejos de nuestro “radio de seguridad”. Tiene que venir ese virus a ratificarnos lo que ya veníamos pregonando en el sentido de que ningún problema, por lejos que medre, nos ha de resultar ajeno.


Cuestionamos unos medios de comunicación que nos fabrican el mundo en razón de sus pánicos y sus fobias. El Ébola se traga sin pudor los veinte primeros minutos de nuestros telediarios y sin embargo pareciera que hubiera comenzado ayer mismo a devastar. La muerte no la traen los virus de los misioneros que generosamente han entregado su vida física en África, la muerte estaba ya aquí. Ella y su pavor, ella y su mentira instalada en lo más profundo de nuestro inconsciente. No buscamos retrovirales, vamos tras una nueva conciencia capaz de liberar al humano del terror a la llamada muerte.
La crisis del Ébola no nos debiera abocar a una cruzada frente al PP, sino a un cuestionamiento del sistema imperante en su globalidad. Nada nos lleva a concluir que Trinidad Jiménez lo habría hecho mejor que Ana Mato. De hecho la socialista gastó una millonada en vacunas contra la “gripe A”, que después jamás se utilizaron. El virus también nos invita a brindar nuestro apoyo a las fuerzas que verdaderamente posibilitan un cambio de sistema y no sólo de siglas en el poder.

Nos dice Josep Pamiés que la planta “Garcinia kola”, la “Artemisia Annua”, el “Dióxido de Cloro”, conocido popularmente como MMS, la “plata coloidal” o el agua de mar, son remedios naturales que pueden ayudar a curar el Ébola y numerosas otras enfermedades, pero de los que los medios de comunicación oficiales no informan. Afirma también el popular naturista: “Hay claros paralelismos entre la gripe A y el Ébola. Con pocos muertos anunciaron una terrible pandemia y gracias a ese montaje se vendieron medicamentos con muchas contraindicaciones y que apenas curaban. Ahora también se crea pánico con imágenes de médicos en buzos”. En una línea similar se pronuncia la doctora Teresa Forcades a la que medios como “El País” se han apresurado a desautorizar y desprestigiar. Una vez más la verdad ocultada y vilipendiada. ¿Cómo dar la vuelta, cómo sacar partido de todo este jaleo del nuevo virus, en favor de la verdad y la luz? ¿Cómo aprovechar para restar parroquia a la industria farmaceútica y ganar adeptos para la gran farmacia de la naturaleza? ¿Cómo revertir la crisis en oportunidad, cómo aprovechar el Ébola para desplegar todo un ancho movimiento de conciencia en favor del retorno a los métodos naturales?

¿Cómo haremos para que la verdad progrese en vez de ser perseguida y a veces incluso criminalizada? ¿Cómo haremos para que ya nadie busque lucro a costa de la salud del otro, para que nos acerquemos con humildad a la ingente, a la increíble farmacia que las plantas y las flores nos ofrecen, para que no tengamos que vender nuestra alma a la diabólica ambición de mucha industria del fármaco? ¿Cómo haremos para ir a la orilla del mar a por suero en vez de traerlo en envío urgente desde Bélgica…?

Dicen los entendidos que el miedo es peor que Ébola, porque baja el sistema inmunológico. Cuenta la leyenda que la peste marchó a la ciudad a matar a 500 vecinos, pero que en realidad murieron 5.000. Interrogada por el hecho, respondió: “Yo sólo he dado muerte a 500, el resto, han muerto de miedo” No sabemos cuántas víctimas tenía pensado cosechar el Ébola, sólo las que está recogiendo. Quizás el virus no viajó de solaz, sino que vino a enseñarnos algunos pendientes. Quizás el bichito este de Liberia y Sierra Leona sea a la postre una oportunidad, una ocasión de las últimas que nos quedan, para retornar a los tratamientos naturales, a la farmacopea de las plantas y los elementos, al gobierno en definitiva sobre nuestros propios cuerpos.

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