Rosa Luxemburgo in memoriam

Eran los albores de la Primera Gran Conflagración mundial. Europa comenzaba a desangrase como nunca hasta entonces. En gran medida, la sangre la ponían los obreros de unas y otras naciones, los asalariados que padecían similares abusos en uno y otro bando, aquellos proletarios que comenzaban a soñar más allá de sus propias y limitadoras fronteras. “No subáis a esos trenes. Los soldados franceses son vuestros hermanos…” clamaba Rosa Luxemburgo a los soldados alemanes que partían a aquellas horribles trincheras. Hoy hace 95 años esta líder espartaquista fue ejecutada. Después de haber sido encarcelada y torturada, pagó con su propia vida el precio de la utopía.

El círculo aún no se había completado, había quien aún quedaba fuera, había quien no era estrechado en aquel abrazo de los desposeídos…; sin embargo el internacionalismo proletario representaba ya un increíble avance hacia nuestras más altas metas, encarnaba ya una conciencia sensiblemente madurada. Nos encontrábamos ya en la antesala de una conciencia fraterna sin límites de ningún tipo. Era todo lo que daba de sí aquel tiempo, aquella convulsa época en la que, no sin cuota de dolor, se gestaba nuestro presente, sobre todo nuestro futuro.

La espiritualidad era también al extinguirse un OM por los asfaltos sin incienso. A comienzos del XX los “tatamis” aún no se habían repartido por las ciudades. La espiritualidad de salón llegó en realidad hace tres telediarios. Antes no es que ignorasen o burlasen al Misterio, simplemente que no había llegado la hora de descansar y sentarse en posición de loto.

Cuando un día miremos para atrás desde una privilegiada atalaya, cuando el alto ideal de fraternidad humana se consagre en el futuro en este bendito planeta, constataremos que el largo ascenso evolutivo no fue sólo posible merced a los grandes espiritualistas y místicos, a los insignes maestros e iniciados, sino también a la generosa y desinteresada entrega de los líderes sociales, de los verdaderos socialistas y utópicos, que bajaron a la calle y unieron sus destinos al de los más desheredados, que alzaron y agitaron bien alto la bandera de la justicia social y de la hermandad planetaria. ¡Gloria!

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