¿Clausurar el infierno?

El infierno puede no ser suficiente cuando son otros los que lo padecen. Uno preferiría ahorrarse las descripciones de la vida en estos momentos en Mosul, ciudad de 664.000 habitantes, donde el día pasado en plena plaza mayor era ejecutada, tras ser torturada bárbaramente, Samira Saleh al Nuami, conocida abogada en pro de los derechos humanas. Su delito el de la valentía de haber alzado la voz en el Facebook contra la salvaje tiranía de los yihadistas sunníes. Si decimos que no a los bombardeos de las posiciones del Estado islámico tenemos que estar dispuestos a vivir en una ciudad donde, según la información reunida por la ONU, los crímenes del Estado islámico representan “actos de crueldad a una escala inimaginable”.

Relata el diario El Mundo: “Miles de cristianos y chiíes han sido expulsados; las niñas mayores de 12 años han sido vetadas de las escuelas; la pólvora ha borrado estatuas y santuarios; y los cigarrillos, el alcohol y el narguile (pipa de agua) han sido erradicados. Se han convertido en corrientes las lapidaciones de hombres y mujeres por adulterio o las decapitaciones de personas acusadas de brujería”. Ojalá el IS (Islamic State) atendiera otra clase de lenguaje. Ante tamaños atropellos, podemos preguntarnos ¿qué detendrá el mal, quién y cómo lo neutralizará? Podemos agarrarnos a nuestro discurso pacifista o creer al presidente Obama cuando dice que esas personas no entienden otro idioma que el de la fuerza.


A lo largo de toda la historia las coaliciones internacionales que se han ido formando lo han sido por un interés de poderío y conquista. En el presente empieza a no ser así. Se están creando coaliciones en pro de la defensa de la vida y los derechos humanos y ello es de celebrar, pues representa todo un evidente avance. ¿Cómo frenar el salvaje abuso, cuando las palabras y la diplomacia no sirven para nada, cuando la brutalidad raya ya su límite? Bien es verdad, que será preciso considerar las lecciones obtenidas de las intervenciones occidentales en países donde anteriormente se habían cometido flagrantes violaciones de los derechos humanos.

La complejidad del tema no nos haga mirar para otro lado. Los ocho millones de personas que viven hoy bajo el yugo de ese Estado islámico recién formado, nos interrogan. Desde el desierto nos cuestionan también las víctimas occidentales maniatadas que hacen cola para ser pasadas a cuchillo. Sin embargo la respuesta nunca habrá de ser biliar y apresurada, sino ponderada, reflexionada y calculada. Las guerras de Afganistán, Iraq, Libia…, con sus evidentes errores por parte de las fuerzas interventoras no pueden ser en balde. Ante esas situaciones tan lejanas, como difíciles será preciso antes que nada preguntarnos si la tiranía tiene recambio local, alternativa real, civil, integradora. Será necesario estudiar cuidadosamente si la contribución desde fuera será determinante para la caída de esa tiranía. Nadie ajeno puede hacer por entero el trabajo de democratización que le corresponde al propio pueblo y sus instituciones. Si es caso sí contribuir al progreso del polo defensor de la libertad y los derechos humanos.

Una intervención foránea, aunque sea sólo desde el aire, habrá de contar por lo tanto con una importante alianza en el lugar. Lo ideal sería poder sumarse a unas fuerzas imbuidas de principios democráticos, capaces de presentar alternativa al abuso y el caos, de actuar como polo integrador del resto de las fuerzas democráticas. De lo contrario sólo acontecerá recambio entre unas y otras fuerzas más o menos antidemocráticas que pretenden medrar en medio del casos. La intervención foránea se habrá de desatar, además de con ciertas garantías de éxito, con el menor impacto colateral. Habrá de desarrollarse de forma impecable y su móvil habrá de ser puro, siempre en favor de la vida y los derechos humanos. Ninguna otra finalidad económica o geoestratégica puede mancillar ese honesto móvil original.

Nadie negará los errores cometidos por las potencias occidentales en el pasado reciente en esa geografía, pero tampoco podemos ignorar que los gobiernos de Europa y América se han levantado como por un resorte, no al observar sus intereses geoestratégicos mermados, sino al contemplar la barbarie televisada de los yihadistas cuchillo en mano. La cuestión no es nada fácil, menos aún baladí y es preciso que la afronten, no sólo los gobiernos, sino también nosotros y nosotras, la gente de a pie, la ciudadanía occidental. El fascismo y la barbarie lamentablemente no quedaron atrás. Ayer era preciso plantarles cara en nuestro propio terreno, ¿hoy será preciso hacerlo allende nuestras fronteras, en las geografías donde siguen medrando con otra faz y causando tanto hastío, dolor y muerte?

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