Amistad en tiempos de urnas

bandidos

Quiero cantar a la amistad pura, áquella capaz de superar barrancos, abismos, también enconadas polémicas. Unas simples urnas, ya permanezcan éstas vacías o finalmente se llenen, no lograrán alejarnos. El futuro irá trayendo en sus cadenciosos lomos retazos de verdad, pero mientras tanto, no merme el mutuo aprecio. Pienso en el alma que nos une, no en las mentes que nos separan. Pienso en todos los principios hermosos que compartimos, no en esta cuestión particular que nos aleja. La amistad verdadera tiene que blindarse al disenso, ha de aguantar los tirones de los pareceres diversos. Reparo en las cumbres que coronamos, en las geografías lejanas que recorrimos juntos, no en este conflicto cercano que ahora amaga querer distanciarnos. Hemos de ser zapadores, intentar salvar cualquier corriente de separación, pero también saber caminar, en un determinado momento, por las dos riveras sabiéndonos unidos en lo interno. 


Pido para que el 9N, o no mucho más tarde, los catalanes se lleguen finalmente a esas suspiradas y merecidas urnas. Deseo puedan votar y de esa forma decidir libremente sobre su futuro, como lo han hecho en Escocia o en Québec, como lo hacen donde opera una democracia consolidada. Mas no haré de esta opinión una raya de separación, un “conmigo o contra mí”. Nuestro razonar se ve muy mediatizado por nuestro propio pasado. La historia individual configura nuestro criterio con respecto a determinados asuntos, pero la amistad genuina está llamada a desbordar esos criterios y sus márgenes a veces estrechos. Somos también nuestras circunstancias. Nuestro pensamiento no está desligado de ellas. El donde hemos nacido, vivido, en qué entorno nos hemos educado…, modelan nuestra personalidad más de lo que podemos llegar a pensar. Quiero cantar a esa amistad capaz de superar esos entornos, esas diferencias de cultura y de pensamiento. Quiero ensalzar una amistad pivotada más en valores que en análisis e ideologías.

No digo que esta cuestión catalana sea baladí, creo simplemente que no podemos fragmentar aún más la familia humana, no me refiero sólo a las naciones que aspiran convertirse en Estado, sino a los lazos de amistad que aspiran a perpetuarse. A fe que lo he intentado, pero me resulta muy, muy difícil entender la postura de mis amigos al respecto, pero en mi interior habré de inaugurar un amplio espacio que contemple la diferencia. Igual los amigos no lo eran para pensar igual, para volcar una mirada similar sobre el mundo y su realidad; igual lo eran para observar y sentir diferente y aún y todo seguir fortaleciendo el lazo.

Ya nos hemos tirado los trastos a la cabeza. De momento no ha habido que lamentar herido alguno… De momento yo no les voy a cambiar de criterio, ellos tampoco a mí. Seguramente el futuro de Catalunya no depende de lo que ellos piensen, ni de lo que yo tampoco. Noviembre se acerca a galope. No sé qué será de este pueblo hermano. Llegados los tiempos de la fraternidad humana, quizás no sea un paso en positivo que Catalunya se declare independiente, pero defenderé firmemente la libertad y el derecho inalienable de autodeterminación que asiste a la ciudadanía catalana. Con no menos ardor defenderé también la amistad en medio de los vaivenes de un presente tan complicado y convulso.

La arena política ya crea demasiada separación humana. No permitiré ver saltar nuestros lazos. Las banderas ya nos han dividido demasiado. La única bandera que aquí y ahora levanto es la de la libertad, la del derecho de las gentes y los pueblos a hacerse los dueños de sus destinos, pero ni siquiera por esa bandera me confrontaré, menos aún con mis amigos.

¿Qué dirán Arriba si caemos en estas trampas? No sé cómo…, pero de un virtual desencuentro, de una tentación de enojo, hemos de hacer nacer una luz, una esperanza, un canto a la amistad y hermandad humanas. Podamos seguir trasmutando todas las adversidades, podamos ser los alquimistas de nuestras propias emociones y sentimientos. A esos “bandidos” no hay quién les entienda, pero escucharé su argumentario, honraré cada una de sus palabras, aunque no termine de comulgar con ellas. A esos dos “forajidos” no hay quién les perdone, pero habrá que hacer por ello, al igual que ellos me perdonaron a mí en otros momentos. A la vuelta de tantas aventuras de todo signo, quizás la amistad era eso, aprender a perdonarnos mutuamente nuestros desvaríos, nuestros postulados acertados o menos.

A veces trabajamos en campos separados, pero nunca en trincheras enfrentadas. Quizás la prueba definitiva de la amistad era ésa: pensar diametralmente distinto en determinadas y candentes cuestiones y aún con todo ello, que no aflojara el abrazo. Creo en la consagración del valor supremo de la unidad manifestada diversidad, apuesto porque no se enquiste este problema, porque Catalunya vote sin mayores protocolos, ni grandes demoras; deseo igualmente abrir al máximo mi mente en la comprensión del otro, aspiro seguir yendo hasta el confín del mundo con ese par de “bandidos”.

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