Aquella lejana barbarie 

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La primera reacción puede ser intentar buscar en Internet un viaje a otro sistema, a otra galaxia, a otro planeta en que el hermano no degüelle al hermano. El primer impulso ante los vídeos salvajes de los yhiadistas cortando el cuello a los periodistas norteamericanos puede ser la huida lejos, en el cohete más supersónico donde los hombres vivan en armonía y paz y no participen en orgías de sangre televisadas. 

La preguntara nos perseguirá a lo largo de la mañana: ¿qué hemos hecho para participar del mismo planeta los que degüellan y los que nos firmemente nos rebelamos ante tamaña barbarie? Sólo la fe, sólo el acercamiento a las leyes espirituales nos puede librar de esas huidizas reacciones, nos puede dar respuesta a esos imperativos interrogantes. Sólo el acercamiento a la sabiduría divina, nos puede evitar buscar desesperadamente billete a otro universo. 

No es fácil penetrar en una mente, en un espíritu tan ofuscado y cerrado. Todo apunta a que el efecto de las plegarias que podamos lanzar para que merme la ira de los bárbaros es limitada. No por ello habremos de cejar en el empeño. Puede haber momentos de ternura también en el yihadista. A la vuelta de la macabra toma de vídeo, a las puertas de su hogar, quizás se tropiece con un animal, con su propio pequeño hijo y aflore si quiera un instante de breve apertura interna. Puede darse ese momento en que el alma establezca un brevísima conexión con la personalidad primaria. En ese preciso y fugaz instante nuestro rezo, nuestra plegaria puede aprovechar su apertura e incidir de forma positiva en él.

Más allá de esa limitada influencia de nuestras mentes sobre las suyas, habremos de tener bien presente la ley de la evolución. Su comprensión nos puede librar tanto del escapismo, como del pesimismo al que nos conduce el visionamiento de esas terroríficas imágenes. Allá lejos quizás también nosotros fuimos barbarie, quizás hubo seres más evolucionados que nos tutelaban y que lejos de desesperarse, aguardaron a que poco a poco nos emancipáramos de tan atrasado nivel. Susurra la ciencia espiritual que a lo largo de multitud de manifestaciones físicas en este convulso escenario terrestre habríamos paulatinamente emergido de una condición pertérita más cercana al animal.

¿Y si nosotros mismos venimos de vidas muy marcadas por la violencia? ¿Y si existencia tras existencia, y si guerra tras guerra, sorteando los charcos de sangre, hemos por fin comenzado a estrenarnos en un espacio en el que priman relaciones más civilizadas? ¿A falta de cámara para you-tube, y si nosotros en pasadas vxidas también empuñáramos similar y afilado cuchillo, participáramos en esa suerte de actos de vil venganza…? ¿Y si vida tras vida, caída tras caída, hubiera ido brotando un alma más afianzada que nos habría alejado de esas arenas y sus macabros rituales? ¿Y si los yihadistas no fueran si no nuestro propio y ancestral pasado marcado por la salvaje ley del ojo por ojo?

Quizás esa paciencia, esa compasión es la que a nosotros se nos demanda ante los hermanos de largo cuchillo. Sólo el entendimiento de la ley de la evolución puede abrir un horizonte de esperanza al ser humano. Sólo la comprensión de que vida tras vida se acrecienta el control de nuestra alma sobre la personalidad, nos puede librar de la desazón y devolvernos la fe. 

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