A la vuelta de Almería, XVII Encuentro de Ecoaldeas  

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No fuimos al desierto en búsqueda de la visión y sin embargo algo nos susurraron aquellos eriales y sus voces poderosas y su gente valiente. “Dejad que el fuego del sol os abrase, que el sudor os purifique…” decía una de esas voces poderosas. Cierta claridad vino a aquellas almas probadas en medio de la árida nada. Se precipitaron por dentro importantes claves, al tiempo que los sueños cobraban nueva dirección y forma. Vamos hacia el norte con el eco de esas voces sabias, maduras; vamos de vuelta a casa colmados de Sur, con la resonancia de esos testimonios cargados de experiencia y buen hacer.

No sé cómo haremos para poder formar, más pronto que tarde, parte de esa constelación de comunidades y ecoaldeas, de esa alianza de gentes de poderosa voluntad que se cansaron de clamar por el otro mundo posible y que decidieron simplemente construirlo, siquiera a pequeña escala, siquiera en mitad del desierto y sus secarrales y su pedregosa nada. La palabra se rinde una vez más cuando pretende en vano dar cuenta de los intensos momentos de comunión, sobre todo en lo que constituyó la ceremonia final del evento. La magia de la unión no tiene verbo que la relate. La danza exhibía una alegría incontenida por trabajo realizado y los momentos vividos.

En el marco del encuentro se presentaron nuevos proyectos, entre ellos el de nuestros buenos amigos de O Couso, María, Laura y Javier. Las viejas piedras junto a Samos debieron sentir el abrazo de ese desierto tan cálido y cercano, el aplauso por esa apuesta generosa, atrevida. ¡Por todos los valientes reunidos en ese Cortijo tan inmenso, tan acogedor! ¡Por sus sueños y proyectos que son los nuestros! ¡Por su danza que es la de la Tierra, la del Sol, también de las estrellas! ¡Por su azada que se levanta cada mañana, por su paleta que construye, por sus corazones que confluyen, por sus voluntades que se afirman, por su humanidad que tanto abarca! Sal de una Madre Tierra que nunca olvidará su entrega amorosa. 

Un otoño agazapado comienza robar el verde del hayedo por estos lares. Amarillea ya el bosque y comenzamos a recogernos en nuestros hogares, pero no hay quien quite la vista de esos círculos de canto, danza, celebración…, de esos aros sagrados en tantos lugares diferentes a lo largo del verano que ya expira, de esas ruedas en que de nuevo volvimos a sentirnos como hermanos. ¡Gracias de corazón a la gente entrañable de Cortijo de los Baños, gracias de corazón a la gente magnífica de la RIE (Red Ibérica de Ecoaldeas)!

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