A la búsqueda de la pureza escondida

pureza copia

Lo puro nos atrae porque nutre y fortalece nuestros cuerpos, sobre todo nuestro alma. Lo puro nos fascina porque se halla en nuestro Origen, también en nuestra Meta. Más o menos conscientemente buscamos por doquier la pureza. Sólo ella es capaz de hacernos grandes, generosos, útiles; de devenir en su compañía verdaderamente felices y libres. Purificar nuestra sangre nos proporciona inmediatamente salud en esta vida, purificar nuestra alma nos abre las puertas de la vida eterna.

Se nos acaban ahora las vacaciones y volvemos a nuestros hogares, no sin haber apurado hasta el último instante nuestra permanencia en un lugar bello y puro. Hemos ido en pos de la paz y la calma, de la cercanía de montañas, mares o ríos limpios para nuestro esparcimiento y disfrute. Hemos buscado aire puro con el que bañar nuestros agobiados pulmones. Hemos seguramente procurado relaciones edificantes, sanas, despojadas de chismorreo, libres de negatividad y fácil crítica; hemos quizás hallado la compañía de la amistad auténtica, aquella que te nutre y agrada en lo interno.

En lo que se refiere a la alimentación física ocurre otro tanto. Buscamos productos libres de contaminantes, intentamos introducir en nuestra boca aquellos alimentos en cuya etiqueta no podamos leer la larga fila de “Es” y de conservantes. Procuramos encontrar alimentos vivos, naturales, en la medida de lo posible provenientes de una agricultura ecológica. En estos días de sosiego ya consumados, tratamos de nutrir también nuestras mente y emociones con música, con lectura, con ambientes puros. Buscamos “alimento” capaz de elevar lo que cada vez más ampliamente se conoce como nuestros cuerpos astral (emocional) y mental. 

Más o menos conscientemente, buscamos la pureza en todos los planos, también debería ocurrir otro tanto en los ámbitos del espíritu, ¿pero en qué consiste esa pureza en lo que se refiere al omniabarcante mundo del espíritu? La pureza viene marcada por el grado de desinterés propio, tanto en la hora del dar, como del recibir. Es decir, si nutridos internamente, nos hallamos en predisposición de aportar algo en el progreso y fortalecimiento de la vida espiritual de nuestros hermanos, que ese servicio sea realizado desde el mayor desinterés personal, por el llano deseo de servir y de ayudar. Que el servicio devenga una necesidad del alma, no una nueva treta de nuestra personalidad. 

Si buscamos al pureza en dimensiones de la materia, con más razón habremos de ir en pos de ella en las dimensiones del espíritu. Es más importante la nutrición de nuestro alma, que la de nuestros cuerpos inferiores. Lo puro es lo auténtico, lo que no busca nada para sí, lo que es real donación. Lo puro salta a los ojos del alma, porque a su vera te sientes amparado, seguro, enaltecido, fortalecido; en su presencia te sientes en Casa. 

La pureza viene marcada por el desinterés ante la contraprestación, por la gratuidad, pero también por la falta de la importancia personal. Dar la bienvenida al otro, ensayarnos en procurarle paz y conciencia, sin ninguna tarifa en nuestra puerta, pero igualmente sin deseo de engordar nuestro peligroso “orgullo místico o espiritual”. Hoy más que nunca es preciso que el valor de la pureza inunde el mundo de la espiritualidad. La nueva espiritualidad, la nueva conciencia viene tan a menudo con una mano por delante pidiendo, que la vieja religiosidad y que otras espiritualidades llegan a recelar, no sin razón, de ella. El cristianismo de progreso, tocado y felizmente noqueado por el puro amor de Jesús el Cristo, alberga sus poderosas razones para distanciarse del ancho espectro de la “nueva era”, a la vista de esa faz tan “comerciante” y por lo tanto artificiosa.

La noción del servicio está llamada a impregnar con toda su fuerza y su pureza el ancho y abstracto mundo de la nueva espiritualidad. Ya no vale todo, ya han pasado los tiempos de la “glotonería” en los que deglutíamos cuanto nos llegaba, en un afán de colmar nuestro espíritu y resarcirnos del tiempo perdido. En la nutrición espiritual habremos de ser especialmente selectos, dar con aquellas enseñanzas y tradiciones con “label” de autenticidad, salir al paso de aquellos seres de mirada clara y corazón limpio, que todo lo dan, que no buscan para sí. Su ejemplo de entrega al prójimo y a la humanidad en su conjunto, su testimonio de desinterés, es la mejor garantía de la verdad, de la que en considerable medida, serán portadores. 

En los actuales tiempos del “todo vale” es preciso aguzar el discernimiento. Las eventuales facultades que el Cielo nos haya podido otorgar son para volcarlas en la ayuda a los demás, no para nuestro propio beneficio. Ésa es la Ley y conviene conocerla, sobre todo a la vista de las consecuencias que implica contravenirlas. Otra cuestión son las técnicas y aprendizajes que exijan una preparación constante, sostenida; otra cuestión pueden ser las capacitaciones que requieran una entrega dilatada por parte del instructor o facilitador. 

Los más grandes maestros y guías que he tenido en suerte conocer estaban fuera del foco y por supuesto nunca me cobraron un céntimo cuando llamé a su puerta en busca de orientación espiritual. Conocemos este ámbito. Llevamos desde el año 1991 en contacto con grupos y movimientos. Hemos trabajado durante este tiempo en la intención de aunar corazones y voluntades, de fomentar alianzas y de redes. Esta geografía de la nueva conciencia en España y América latina ha constituido, a lo largo de más de dos décadas, uno de nuestros principales campos de actuación. La divisa de promocionar en su seno el valor de la unidad en la diversidad ha sido nuestra meta. Sólo podemos insistir, porque a ello nos instan también desde los mundos superiores (“Sirviendo a la humanidad”. Maestro Tibetano. Editorial Nous), en la necesidad de acercamiento entre los auténticos movimientos y escuelas, así como en la importancia de trazarnos un horizonte de servicio verdadero. No puedo, ni debo decir más. Cualquier otra letra, imbuida de sobrada crítica, sería llana muestra de orgullo con su consiguiente karma y consecuencias negativas en las relaciones que tanto hemos de cuidar. 

Nadie puede, menos aún quien suscribe, conceder carnet de pureza de intenciones. Pobre de este alma aún tan lastrada de orgullo y de interés por lo terreno… Lo que sí podemos afirmar es que la pureza de espíritu y el desinterés personal son condiciones imprescindibles en nuestro “curriculum” si queremos hollar el Sendero del discipulado, el Camino de vuelta a Casa, si aspiramos presentarnos un día ante los Hermanos que ya cumplieron. Hay puertas que sólo se franquean con un corazón limpio. Las verdaderas iniciaciones, las que acontecen en los mundos internos, no admiten subterfugios. En ellas sólo pesan y aprueban al corazón puro y entregado. La hoja de servicio verdadero, no la de servicios ya abonados ampliamente con moneda de este mundo, es la que habremos de presentar ante las Grandes Almas, en las auténticas iniciaciones, las que acontecen al otro lado del velo. 

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