De ausencias

deausencias

 

Saborear la ausencia, para hacernos más y más a la Presencia. Disfrutar la ausencia a sabiendas de que estamos también aquí para construirnos más y más desapegados, autosostenidos, inundados de la Presencia. Medir la ausencia a sabiendas de que los caminos están abiertos y la llave del coche sólo descansa en el bolsillo. Las carreteras saben de nuestros amores de este mundo, pero hay un alma aguardando el despegue enseñoreado de ese amor terreno. Aún es una carencia, no sólo una entrega lo que tan a menudo nos empuja al ser querido. Es en la ausencia cuando cobra más preciso relieve y medida ese sentimiento que denominamos de amor. ¿Nos debería bastar con lo que fue? Siempre queremos más. Aún no nos hemos completado. Aún hay una Ternura que no nos inunda y por ello echamos en falta esa voz femenina, esa cabeza en la almohada, ese tacto amigo. Aún hay un Candor que no nos asalta por entero y por eso esa piel que busca desesperada la otra piel, ese alma al arrimo anhelado de la otra alma.

 

No, aún no nos sostenemos solos, por eso mentamos un amor al que le falta la mayúscula. Lo importante es crecer unidos en esa claridad, en esa sinceridad; lo importante es querer ir juntos a por esa mayúscula; crecer en un amor de día en día más abierto, generoso, desapegado, en una relación que soporte cada día mejor las despedidas, los kilómetros, las supuestas ausencias.

La distancia es buena pedagogía para aquel amor que por encima de todo pretende devenir Amor. Nunca nos venza la ausencia, pero agradezcamos infinitamente la presencia humana. Honremos cada feliz instante en mutua compañía. Nunca nos venza la ausencia, fortalecidos en la Presencia. Así resistir hasta el último instante y bendecir también el ruido del motor que te lleva hasta su vera y en el largo camino sentir ambas Presencias: la que lleva puestos ojos, labios, sonrisas y la Otra muda, invisible, impalpable…

Fortifiquemos el alma para no hacerla vulnerable a ninguna ausencia. Jamás nos gane la nostalgia. Nos gane el agradecimiento de lo que fue, de lo que de nuevo será cuando se apague el motor y al final del corredor se abran sus brazos. No, no corramos… Cantemos en Su Gloria, en Su Nombre, cantemos la dicha de que la Presencia se hará viva también en sus ojos, en sus labios, en su sonrisa; cantemos el gozo de que al final del camino, allí donde se acaba el mundo, se precipitarán también todas las ausencias.

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