“Apaguemos el GPS”. Loa a la fidelidad.

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Si no la clamara, quizás se me escapara. Escribo para atraparla. Reflexiono sobre la virtud, no porque la posea, sino porque quiero anclarme en ella. La cortejeo porque quiero hacerla más y más mía. Escribir es una forma de hacer propio lo que uno anhela. El amor más allá de la emocionalidad, en su medida pasajera, se concreta en fidelidad. Andar por el mundo sin necesidad de búsquedas, ni de GPS, a sabiendas de que siempre estás en casa, siempre hay lumbre encendida, siempre hay un ser que te aguarda, un abrazo que te envuelve. Fidelidad son redes que siempre descansan, es sano disfrute de otra mirada sin inquietud alguna por arrojar las artes de pesca. Fidelidad es un pescador que no pesca, porque todas las noches alguien le canta en nombre de todas la olas. Fidelidad es la reafirmación del alma que ve mucho más allá de los intereses meramente egoístas de la personalidad. Donde el alma ve una bendición, la personalidad observa privaciones y sinsabores. Escribo sobre lo aparentemente caduco, porque desearía imbuirlo de nueva fuerza y visión. Olvidemos que la fidelidad era uno de los valores que pregonaba la “Sección femenina”, fidelidad es lo que amalgama a los seres, a los mundos, a los sistemas y galaxias. La fidelidad cotiza a la baja en la sociedad del “usar y tirar”, pero es preciso apostar por la larga duración, pues es a largo plazo que se consolidan los lazos, se construyen los proyectos y los sueños, se levantan las utopías.

 

Carencia de secretos, no es falta de intimidad, menos aún de libertad, es no temer que un sol, una mirada penetre en tus honduras, es disponibilidad de compartir, de afrontar y crecer juntos. Franqueza no es contarlo todo, sino falta de necesidad de ocultar algo. Hasta hace poco no era raro ver parejas que compartían un mismo móvil o una misma dirección de correo, incluso un mismo ordenador. Confieso que siempre envidié a esas parejas. He pensado mucho en ellas. No buscan, han encontrado. No exploran, se hallan ya en compañía de quien quieren. Con quien quieren saben que pueden construir, en quien quieren saben que pueden confiar. Duermen a pierna suelta, tras haber sido estampados por un beso en la mejilla. Pero ese beso no es siempre el mismo, ese ósculo es distinto en cada ocaso, va imbuido de un sello y energía diferente. Se renueva cada noche. Podemos y debemos desear nuevos besos, mas no nuevos labios. Otros labios hablen, canten o rían, pero los besos entre las sábanas siempre de los mismos labios. Escribo para ser merecedor siempre de esos labios…

La fidelidad no es un rail de inercia, es una vida en común que se rehace a cada día. Cada jornada es una oportunidad de recrear la relación, de imbuirla de entrega y de vida, de renovar al fin y al cabo los votos. Observo el desasosiego contrario, leo esos anuncios de “spam” que te proporcionan mecanismos para espiar “el celular de tu pareja”. Nos construimos nuestros propios infiernos y llegamos ingenuamente a pensar que la tecnología nos puede sacar de ellos.

A falta de lealtad, las relaciones se deterioran, las estructuras se desvertebran, el ordenamiento se quiebra, el progreso se cuestiona. En este mundo al revés pareciera que lo “progre” apunta al desmelenamiento, al flirteo, sin embargo esas actitudes que desestabilizan todo son la que precisamente obstruyen el progreso. Si no hay compromiso no hay vida, no hay evolución, todo se detiene. No hay nada más conservador que la relación superficial, carente de responsabilidades.

Lealtad no es apurar al extremo un relación sin futuro, sino apreciar que el/la otro/a también está creciendo y tiene sus puntos flacos, es saber que puede haber días nublados sin que todo se oscurezca. Obvia decir que fidelidad no tiene que ver con la persistencia de una relación claramente deteriorada. Con fidelidad nos estamos refiriendo a saber perdurar, crecer y multiplicar el amor por otra persona que mora, en una mayor o menor medida, en nuestro interior. A través de tantos argumentos, películas y ficciones se nos ha vendido el falso patrón del libertinaje y la infidelidad, de forma que no resulta fácil restablecer los valores superiores en la conciencia humana. Fidelidad es admirar y bendecir la belleza ajena, sin echar a volar ningún lazo; es agradecer lo hermoso que pasa a tu vera sin querer atraparlo. Saltar de flor en flor es el arte de las abejas, no del humano que busca perfeccionarse.

Rendimos a la Creación en la medida que nos entregamos, nunca en la medida que vivimos por y para nosotros mismos. Los valores han estado demasiado tiempo, demasiado invertidos. Es preciso empezar de nuevo, de cero a construir una nueva civilización en la que prime la lealtad, la ley suprema del amor y la solidaridad universal.

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