¿Qué decimos cuando decimos “Te quiero…”?

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Tan fácil de pronunciar como difícil de cumplir. El “Te quiero” acude raudo a los labios de los “enamorados” en los instantes de la intimidad. Sólo cada quien sabe cuánto de efímero globo, o cuanto de sólidos y siderales mundos hay en el “Te quiero”; cuánto de atrapar o cuánto de dar; cuánto de instante pasajero o de lazo eterno. Habremos de permanecer vigilantes sobre tan confusa frontera, sobre ese límite sinuoso tan cargado de niebla. Habremos de lanzar todos los focos para ver hasta dónde se hace presente el deseo, hasta dónde el alma. Deberemos ser observantes con el origen y destino de la más recurrida frase de amor. Habrá que explorar hasta dónde seremos capaces de ir de su mano.

“Conócete a ti mismo y conocerás el Universo y las estrellas…”, reza el oráculo más famoso del mundo. Todas las tradiciones nos sugieren la necesidad de disciplinarnos en la autoobservación. Si emprendemos el Sendero del discipulado, del servicio verdadero, habremos de atender previamente a ese desafío ineludible de explorarnos a nosotros mismos. Deberemos hurgar en nuestra doble naturaleza como personalidades y al mismo tiempo almas.

La relación de pareja es también excelente vía para ese autoconocimiento imprescindible. Sólo cada quien conoce en qué medida el dulce “Te quiero” en el nicho del amor, es genuino o en qué medida se habituó en exceso a los labios. Sólo cada quien sabe desde dónde, desde cuál de las dos naturalezas arranca la confesión. Calibrar hasta qué punto obra el deseo en el “Te quiero”, no es tarea fácil. Exige un alto grado de discernimiento, al tiempo que de sinceramiento. Reclama igualmente un anhelo ardiente de crecimiento. Nadie sugiere evitarlo, pero sí quizás considerar hasta dónde estamos dispuestos a llegar con él, reflexionar si se limita al frívolo susurro en oído o en verdad estamos dispuesto a ir más allá, acompañarlo de entrega, de donación, de olvido de nosotros mismos. Nosotros sólo sabremos en qué medida estaremos dispuestos ser consecuentes, a vivir un amor que no busca nada a cambio, a ceder, a comprender, a sacrificarnos… por nuestra compañero o compañera.

Quizás no se trate tanto de enmudecer el “Te quiero”, sino de intentar cargarlo con mayores dosis de compromiso, de responsabilidad y sacrificio. El deseo lo impregna todo en nuestro nivel evolutivo. El deseo por naturaleza engañoso, siempre está dispuesto a camuflarse, a vestirse con los más candorosos sonidos, con los más elevados valores. ¿Qué decimos en realidad cuando decimos “Te quiero…”? Consideremos hasta dónde seremos capaces de respaldar con hechos esa fácil y tan a menudo confesión. Hasta dónde llegaremos en el recorrido, una vez el deseo satisfecho.

La condición humana es inherente al deseo, por lo menos hasta que ya hayamos hecho un trecho considerable en el Sendero y atravesado los primeros Portales de la Iniciación. No por ello deberá de campar la derrota. No nos sintamos abatidos por su presencia. Bajo control, puede operar como estimulante. Mientras que aceche en exceso, no levantemos la vigilancia. No sobra el “Te quiero”, si albergamos el anhelo de hacer de ese amor pequeño, un amor grande, veraz, generoso, volcado. No sobra el “Te quiero”, si lo traemos a la conciencia, si tratamos de esbozarlo desde lo más alto y lo más noble de nosotros mismos. No sobra el “Te quiero” si tomamos noción de su calibre, si abrazamos el peso que comporta, no sólo su ligereza, no sólo el desahogo al que a menudo conduce.

Estamos hechos de los “Te quieros” banales y de los verdaderos, de los que prosperaron y de los que sólo fanfarronearon. Al final ha de quedar uno que vaya en serio, que pronunciemos con la boca grande. No tiene porque conducirnos al altar, ni al notario, pero habrá de llevar consigo noches de guardia, horas a pie de cama, penas y dolores compartidos. No es fácil amar como aman las grande almas, sin sombra de egoísmo y deseo. Siempre puede mermar el deseo y crecer lo puro, lo noble que nos habita. Siempre habrá más amor de lo que conocemos por amor.

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