Redes de nylon

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La pequeña población en el extremo del mundo bullía de peregrinos. Son los valientes que aún tienen fuerza y coraje para, una vez conquistada la ciudad del apóstol, llegarse hasta esas alejadas rocas junto al Faro y allí quemar las botas y la ropa y allí volver a nacer con nueva fuerza, conciencia y fe.

En su puerto ya entrada la tarde, hilaba conversación con un hombre que me instruía sobre la vida pesquera antiguamente, allí en Fisterra. Me hablaba del luto omnipresente, de los percances marinos que ataviaban de oscuro a las mujeres ya desde muy jóvenes. El mar imponía sus pagos en forma de arrebato de seres queridos, amén de una existencia dura de gran esfuerzo y trabajo. Me evocaba a las mujeres que descalzas tenían que andar con cestas de más de 20 kilos de molusco y pescado sobre sus cabezas. Iban por los pueblos intercambiando frutos del mar por frutos de la tierra. Apenas había entonces uso de moneda.

En medio del relato duro al tiempo que apasionante, lo que más me llamó la atención fue lo referido a las redes y artes de pesca. En un principio las redes eran de lino. A veces las bañaban en resina para hacerlas más resistentes. Luego fueron de cáñamo, después de algodón y por último de nylon. Antes del nylon había un puja más equilibrada con el reino animal. Muchos peces se escapaban. Bien se escabullían en la propia malla al ser más pequeños, bien incluso la rompían con su fuerza. Para la localización de los bancos de pescado el hombre se servía de su ingenio. Observaba los alcatraces cuando se lanzaban en picado sobre las aguas en busca de alimento. También estudiaban los suelos. Dejaban caer una piedra atada con una larga cuerda. Esa piedra tenía una base plana que untaban con sebo. Sumergían la piedra y según el tipo de restos que traía, sabían sobre qué tipo de suelo marítimo estaban y por lo tanto qué tipo de pescado abundaba.

Cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero sí de más armonía con la naturaleza, de equilibrada coexistencia con el reino animal. Las redes de nylon se convirtieron en jaula sin escapatoria. Irrumpió el desequilibrio. Nada dejaba pasar ese mortal derivado del petróleo. Si a eso le añadimos la localización de los bancos de pescado por medios electrónicos, el desastre ya estaba cantado. La tecnología sustituyó al arte, la pantalla plana a la destreza, la depredación a la cohabitación y el equilibrio.

En realidad lo que ocurre con las artes de pesca, acontece en todos los ámbitos de la actividad primaria. Hay un momento en que el desarrollo comienza a nutrir más a la codicia que a la necesidad. La mente humana inventa hilos de nylon u otras “técnicas avanzadas”, que indudablemente le reportan más rápido beneficio, pero que acaban con la armonía y sostenibilidad imprescindibles. El nylon reforzó las redes, pero rompió ese equilibrio vital. Escribo desde el Faro donde se acababa el mundo. A mis pies un océano que semejara infinito y sin embargo tiene los peces y sus variedades contadas. Volvamos a esas inmensas aguas con nuestras redes de algodón o cáñamo. Si las lanzamos de nylon, que sea para el sostenimiento de una vida humana austera y responsable.

Volvamos al océano, pidamos permiso cada vez que lanzamos la redes y seamos agradecidos cada vez que las recogemos. Que no perdamos el sentido de la medida, que las embarcaciones regresen sin sobrepeso. Seguramente no podemos olvidarnos ni del radar, ni del hilo de nylon, pero que estos instrumentos no propicien el abuso, sino el uso consciente y sostenible. La superioridad mental humana no se utilice para explotar el reino animal, ni el vegetal, ni el mineral. Nuestra mayor evolución revierta, más pronto que tarde, en cuidado de los reinos que nos preceden. Así sea en reverencia de cuanto late, así sea para la continuidad de la vida una por los siglos de los siglos…

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