Como aquella dama

dama

Unos rinden pleitesía a su monarquía, otros a sus imaginarios. El Sendero se hace largo y es entonces cuando ponemos a volar la imaginación, cuando nos soñamos ya en la Meta. Nos saltamos las etapas y creemos haber llegado al final del itinerario. Somos artistas en construir las Arcadias que aún no hemos meritado. Necesitamos inflar la luz y la gloria de la República pasada, necesitamos saber que fue, para soñar que puede de nuevo ser. Olvidaremos así una y otra vez que a ese lado también odio, también venganza. Aunque en importante menor medida que en el otro bando, también hubo desatino e impune asesinato. Olvidaremos el afán incansable de los líderes probos, como Azaña, Irujo, Agirre…, por frenar el ansia de venganza. Olvidaremos la frustración de Simone Weil , la virgen roja, al tomar contacto con los camaradas en el frente de Aragón…

Una y otra vez nos electrizará la palabra y ahora que marcha el rey, esa República nos sigue cautivando, como si aún fuera pura y virgen, como si aún no la hubiéramos marchitado. Una y otra caeremos en “maya” , en la irrealidad de pensar que el progreso humano depende del número de almas que llenen Sol a las ocho de la tarde. Una y otra nos tendremos que duchar con agua fría, con la seria reflexión a la luz de leyes como la evolución y la analogía. Una y otra vez habremos de repetirnos que no puede nacer fuera lo que aún no hemos parido dentro.

Vivimos un momento de especial expectación. La esperanza se desata, ¿pero estamos nosotros mismos/as a la altura de lo que aguardamos? Una y otra vez caemos, yo el primero, en el engaño de querer ver plasmado fuera lo que aún no se ha substanciado dentro. “Maya” en sánscrito es lo que es no es real, como por ejemplo pensar que nuestro panorama personal y colectivo puede cambiar repentinamente, de un instante a otro.

Confieso que he debido alejarme un poco de las noticias estos días. ¿Pero quién se revuelve? Seguramente la parte de mí mismo que aún no acepta las leyes del juego, las leyes de la evolución que pospone esa República a la hora en que en realidad todos seamos los dueños de nuestros destinos, los constructores y servidores del bien colectivo. Me he visto absolutamente vendido al “maya”, pendiente de los acontecimientos, observante de toda la agitación colectiva, de las personas que llenaban las plazas… Me sorprendí absolutamente sumergido en la ilusión y de la ilusión hay que despertar, aunque el Camino sea a veces largo y duro. Pido al Cielo que me lleve de lo irreal a lo Real, que retire de mi imaginario las batallas y barricadas de fuera, que me confiera fuerza y coraje para atender a mis verdaderos desafíos que son dentro.

Soy el primero en haber alentando estos días el “maya”, preso de mis propias fantasías. Demasiadas noches leyendo hasta caer muerto de sueño los manuales de Tuñón de Lara, de Gibson… sobre la segunda República, como para que la palabra no siga encendiendo las más antiguas emociones; demasiado Gorki y sus asaltos a los Palacios de invierno como para reducir toda auténtica transformación a un escenario tan íntimo. Si embargo no puedo seguir alimentando la ficción de que con la III República todo cambiaría.

La República no deja de ser un logro colectivo a saludar, ¿pero es que en el día de su proclamación dejaríamos de echar veneno en los campos, soltaríamos a los animales atrapados y torturados en las granjas…? ¿Ese día nos abrazaríamos con el vecino con el que nos hemos peleado, venceríamos la sombra amurallada dentro? Como es adentro es afuera y la verdadera República sólo brillará cuando nosotros/as encarnemos sus ideales de fraternidad y solidaridad; cuando hayamos adquirido el nivel de conciencia para hacer el mejor uso del alto ideal de libertad que ella representa.

En realidad podemos ser ya República. No es preciso que la tricolor presida los edificios oficiales. En realidad podemos aquí y ahora encarnar su espíritu de humanidad ya hecha, ya madura, ya libre y solidaria. En realidad “podemos” reparar menos en el color de las banderas, en las formas de gobierno; “podemos” dar ya a nuestro alrededor testimonio de una libertad, de un empoderamiento volcado en el servicio al prójimo. Ese testimonio simboliza Marianne, aquella dama ya casi mitológica de todas nuestras repúblicas.

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