Los monjes de Plum Village desembarcan en Madrid. Traen consigo el difícil arte de vivir despiertos…

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Calló el león, enmudeció el rugido del rey de la selva en el Lope de Vega, dando paso a las sublimes melodías de los monjes y las monjas de Plum Village. En realidad enmudecimos todos ante tal alarde de belleza, conciencia y compasión. Callaron las escenas del clásico de Disney en el teatro de plena Gran Vía, para acoger un acto inolvidable. Un canto antiguo nos asaltó y nos ganó. Venía de nosotros mismos, pero estaba en los labios de aquellos monjes y monjas entrañables. Aquel canto en su dulzura tenía el inmenso poder de reconciliarnos con nosotros, aquella melodía, que se turnaban las monjas y los monjes en un actitud de sagrada devoción, nos inundó de una paz de otro mundo. ¿Cuántos ruidos no callaría en nuestro interior esa sublime y sostenida melodía, cuánto disturbio no pacificaría? Hay un antes y después de ese canto a Avalokitesvhara, el Buda de la compasión. ¿Quién reuniera así las manos en tan sincera plegaria y prescindiera hasta del último pelo que nos amarra al mundo, quién calzara esa túnica y vistiera esa devoción tan genuina…?

Después vino la Palabra a sellar la melodía, a recordarnos su eterno significado. Después quien nos adiestraría en el más difícil arte, aquel de vivir despiertos. El monje vietnamita de ochenta y siete años nos invitó a ceñirnos a lo esencial de la vida, a regar y cuidar la sencilla felicidad que no marchita. Flanqueado por su familia espiritual, con esa voz tan anciana como vigorosa, nos sugirió hacer un lugar en nuestro interior para la compasión, a salir de la rueda del sufrimiento que comporta el apego a lo banal y transitorio. Pero todo ese néctar derramado en el céntrico teatro madrileño, merece recipiente aparte. En breve podremos ofreceros la transcripción de cada una de las palabras de uno de los grandes maestros encarnados de nuestros días en su primera visita a España.

Tras el refrigerio, a primera hora la tarde, salimos a la calle a testimoniar, a derramar humildemente por el mundo aquello que ya no cabía en el Lope de Vega. ¿Se había visto alguna vez en la capital algún silencio tan masivo, tan consciente, tan profundo? Apenas se había corrido la voz, pero de repente estábamos más de 1.500 almas sentadas en medio de la plaza de Oriente. ¿…Y dirán aún que la historia no avanza, que se atascó en algún convulso meandro del pasado? ¡Sólo un poco de moviola en la crónica reciente de esa plaza tan cargada de significados…!

Hubieron de desembarcar los monjes para enseñarnos a respirar y caminar, caminar todos juntos en silencio en un mismo y sereno paso, en un mismo corazón a la vera de los palacios reales anunciando la paz. Hubieron de aterrizar en Madrid los monásticos de Plum Village (Burdeos. Francia) para mostrarnos esa meditación andante, capaz de imprimir plena conciencia a cada paso; para tomar las avenidas de otro modo, absolutamente descargados de toda emocionalidad negativa. Ningún escudo con el que chocar, ningún palacio por asaltar. Nadie enfrente a quien gritar o atacar… No clamábamos paz, éramos paz. Hubo de acercarse esa “shanga” maravillosa que acompaña a Tich Nhat Hanh para que la compasión nos ganara y la paz enraizara; para que la respiración y su serenidad nos refugiaran y así poder sentir toda esa inmensa fuerza grupal avanzando por los asfaltos.

Los policías asombrados abrían paso a un cortejo que jamás habían observado. En realidad nunca, nadie en España seguramente habrá contemplado nada similar. En las aceras bullían los interrogantes ante aquella presencia tan firme, masiva, recogida. Y llegaron los anchos jardines, el concurrido templo egipcio y aquel atardecer cuyo sol aún guardan nuestras pupilas. De nuevo sentados todos unidos meditamos ante aquel Astro que nos derretía en tan compartido gozo. Éramos “shanga” en mitad del mundo y de sus concurridos parques de domingo, “shanga” ancha y variopinta sin quizás conocernos con nuestros nombres, pero “shanga” respirando a un mismo compás, en una misma presencia. Círculo y cantos junto a la balconada de los Rosales cerraron una jornada memorable. Los monjes se subían de nuevo al gran autobús que les llevaría a su provisional monasterio de El Escorial y algo nuestro se iba con ellos, sobre todo un agradecimiento que sobrepasaba las fronteras, que burlaba el tiempo.

Gracias de corazón a la “shanga” española que durante meses ha preparado con tanta dedicación y buen hacer esta memorable visita. Gracias cómo no al maestro que nos da Norte, Horizonte y por lo tanto Anhelo y Vida, gracias a ese séquito que en su humildad, sencillez e impersonalidad, son para nosotros/as vivo testimonio de generosa y anónima entrega. Más allá de ese domingo grande, podamos anclarnos de día en día en esa inmutable e inmarcesible Presencia, en esa plena conciencia que nos permitirá también vivir poco a poco más libres, amorosos y despiertos.

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