Los monjes de Plum Village desembarcan en Madrid. Traen consigo el difícil arte de vivir despiertos…

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Calló el león, enmudeció el rugido del rey de la selva en el Lope de Vega, dando paso a las sublimes melodías de los monjes y las monjas de Plum Village. En realidad enmudecimos todos ante tal alarde de belleza, conciencia y compasión. Callaron las escenas del clásico de Disney en el teatro de plena Gran Vía, para acoger un acto inolvidable. Un canto antiguo nos asaltó y nos ganó. Venía de nosotros mismos, pero estaba en los labios de aquellos monjes y monjas entrañables. Aquel canto en su dulzura tenía el inmenso poder de reconciliarnos con nosotros, aquella melodía, que se turnaban las monjas y los monjes en un actitud de sagrada devoción, nos inundó de una paz de otro mundo. ¿Cuántos ruidos no callaría en nuestro interior esa sublime y sostenida melodía, cuánto disturbio no pacificaría? Hay un antes y después de ese canto a Avalokitesvhara, el Buda de la compasión. ¿Quién reuniera así las manos en tan sincera plegaria y prescindiera hasta del último pelo que nos amarra al mundo, quién calzara esa túnica y vistiera esa devoción tan genuina…?
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¡Paz en Ucrania!

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En este mundo estamos viviendo diferentes mundos, diferentes humanidades. Todo ello sirva para aguzar nuestra anchura de miras, nuestra comprensión y compasión. Gracias a Dios, la guerra se presenta cada vez a más humanos como una solución atávica, desfasada, cruel…, propia de seres de aún limitada evolución. Gracias a Dios, cada vez más almas claman y trabajan por una nueva tierra en la que estén plenamente consagradas la armonía y la fraternidad humanas.

Pero aún hay otra humanidad con el dedo en el gatillo, otra humanidad metida en los tanques, instalada en las barricadas, observando con el catalejos la llegada del adversario… Puede haber palabra más errada que aquella de enemigo… Redoblan desde Ucrania tan alto como desafinados los tambores de la guerra. La chispa puede saltar de un momento a otro, mismamente cuando escribimos estas letras de paz. Por enésima vez los humanos volveríamos a la batalla de hermanos contra hermanos. Así hasta agotar las balas y la gasolina, hasta prender fuego a la última barricada, hasta apurar el sufrimiento que precede al despertar de la conciencia. Así hasta que el dolor traiga su debida recompensa de luz y de amor…
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