Presentación en Madrid de “Muda canción de cuna”

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Simplemente hay que dejar pronunciarse al alma para elevar nuestros momentos, nuestros espacios compartidos. Lo que teóricamente era una presentación difícil sobre una tema controvertido y polémico donde los haya, se convirtió en realidad en una ceremonia de profunda comunión.En ningún instante se manifestó el “ring”, sólo el círculo sumamente respetuoso y sagrado. Cada quien hablaba desde bien adentro con el deseo de sumar, de contribuir al enriquecimiento y progreso de los presentes. Nadie vino con los puños enfundados, sino con el corazón desnudo. Nadie se manifestó para confrontar dialécticamente.

Predominó el “Ven a sanar conmigo”, en ningún momento el “Ven a pelear conmigo, ven a confrontar nuestros argumentos”. Felizmente va quedando atrás esa pugna, ese cuadrilátero en el que hemos permanecido atrapados/as durante demasiado tiempo. Una vez testado el sabor de la genuina fraternidad, ya nadie tiene ganas de mirar para atrás, hacia la trinchera, siquiera verbal del pasado. El alma no busca argumento lanzadera, sino silente y siempre amoroso contagio.

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Alma grupal

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Ayer paseábamos por el medievo de los califas, por los estrechos laberintos colmados de geranios y azucenas y hoy aquí mil kilómetros arriba las encinas despiertan cargadas de blanco. Confieso que me encanta este sístole y diástole, esta alternancia entre mundo y retiro, entre mezquitas y alcazabas del mediodía y este refugio en el septentrión junto al fuego. El sol ardía ya en las calles de Córdoba y ahora yo lo tengo que emular aquí a base de viejos periódicos y leña seca. Gozo de volver a casa tan cargado de miradas brillantes, de corazones abiertos, de voluntades que anhelan. Disfruto el repaso de la película de cuatro días de intensa confraternización. En una nieve de fugada primavera, proyecto sus rostros, sus sonrisas, sus anhelos…

Doy gracias a Dios por haberme encontrado en este breve tour, todas esas almas tan empeñadas, tan valientes, tan sinceras. Somos familia que nos dimos cita al otro lado del velo. Somos familia que camina aunque no recordemos los nombres, aunque hayamos perdido los mails, los teléfonos, aunque ni siquiera estemos en el “facebook”… Somos un alma grupal que alcanza la hora del presente cargada de fe y de esperanza. Esta vez a uno le ha tocado Córdoba y Madrid, pero la geografía del despertar no tiene ninguna frontera. El círculo de la emergente hermandad no tiene quien lo cercene, porque es del Plan, es del Cielo. El alma grupal progresa cada día más consciente de su elevado destino.

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El que sumaba

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El incienso que ahora se aventa en la catedral de Ávila invita a tornar la mirada hacia nuestro reciente pasado. Es de ley reconocer la labor de quienes contribuyeron a clausurar la larga y oscura etapa del franquismo. Había entonces que apostar en serio por el progreso humano en materia de derechos humanos y libertades, al tiempo que privar de oportunidades a quienes frenaban la historia. Sí, siempre se puede pedir más. Seguramente la tan mentada “transición” nunca debiera haber acabado. Nunca debiera congelarse el progreso humano hacia más elevadas cotas de libertad, bienestar y solidaridad colectivos.

Naturalmente siempre querremos ir más lejos, pero también es cierto que hay que blindar la noche, consolidar lo alcanzado por elemental que nos semeje. La democracia tiene hoy un sabor bien descafeinado, pero es que en los setenta llevaban cuatro décadas con achicoria. Es tan caro, tan excepcional el consenso en nuestros días, que nos apresuramos a honrar a quien ayer lo testimonió con valentía y hoy se alza en vuelo. Es difícilmente cuestionable la importancia de Adolfo Suárez en cuanto a pieza clave de la transición, así como su capacidad aglutinadora en el momento más delicado de nuestra reciente historia. El problema puede representar acomodarnos en exceso a aquel panorama de tan precarias conquistas. Aquella recién inaugurada y temblorosa democracia representaba punto arranque y no objetivo último, por más que tuvo su mérito alcanzarla.

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“Maternal, angélico amor”. Los ángeles y la gestación en el seno de la madre. Comentario y extractos de libro.

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Ahora estamos en condiciones de sumar conciencia a las libertades que tanto nos han costado conquistar y que aún debemos seguir conquistando. Podemos querer disfrutar del libre albedrío, pero qué haremos con él, si nos falta la Luz para guiar adecuadamente nuestros pasos. Un ser verdaderamente libre y consciente de su elevado destino, en poco se ve determinado por las leyes de la tierra. En lo que al debate actual sobre el aborto en nuestro país se refiere, por supuesto la mujer gobierne su cuerpo, pero también podemos todos y todas comenzar a tomar conciencia de la sacralidad de la vida sin distinción, podemos reparar en la dedicación que supone el tejido de las diversas formas al otro lado del velo. Podemos investigar la admirable entrega “tras las bambalinas” por parte de los “creadores de las formas” (devas y elementales) que implica la manifestación de una nueva vida en la materia.

Ha sido mucho itinerario hasta alcanzar unas mínimas libertades, para que ahora no tratemos de hacer un uso elevado de ellas. De cualquier forma, las verdaderas libertades no se alcanzan por decreto-ley, sino cuando comienza a calarnos algo de esa Luz sin tiempo, ni geografía; cuando el sentido de la responsabilidad comienza a hacerse con cada uno de nuestros pensamientos y nuestro actos.

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Leña seca

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Recojo ramas caídas en el corazón del bosque antes de que se acerquen las copiosas lluvias anunciadas. Lo de apretar un botón y empezar a sentir calor es sólo cosa de nuestros días. Llevamos una vida tan sedentaria que después nos quejamos de los achaques. Ayer teníamos que ir a los bosques, sumergirnos en sus mágicos corredores y acarrear el hatillo de leña para calentar el hogar, para cocinar nuestra cena.

Lo acabamos de ver en la India. Al atardecer los caminos se inundaban de mujeres, cada una con su “sari” más colorido y bello, su movimiento más elegante, digno y grácil; cada una con su pesado hatillo de leña en la cabeza. Allí, cena caliente es igual a largo sendero en pos de ramas caídas. Ahora a miles de kilómetros de distancia, trato de tomar ejemplo. Recojo leña y agradezco a cada árbol el regalo que me proporciona para calentar mi hogar. Agradezco también la generosidad de la Madre que me ofrenda astillas de todos las formas y tamaños para poder encender mi fuego.

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Aroa, Comunidad de vida y de acogida

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Queridos/as amigos/as: Ahora sí, el futuro nos ha pillado. Llevábamos ya mucho tiempo con las teas en la mano. Si Dios quiere, pronto prenderemos el fuego. Sentimos que es ahora cuando se concitan las personas, los signos, las oportunidades, el espacio… que estábamos aguardando. Sentimos que los senderos de ayer y de hoy nos empujan inexorablemente a ese solar comunitario. No sin cierto pudor, salimos a la plaza pública de las alianzas para pedir apoyo. Pedimos porque estamos ya arañando sueños, porque en breve pensamos nos encontraremos en condiciones de devolver con añadidura, porque estamos creando un ancho lugar de vida y de acogida, un espacio compartido donde encuentre también cobijo la nueva conciencia, los nuevo valores, la nueva humanidad que está emergiendo. Queremos fundar “Aroa. Comunidad de vida y de acogida”…

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De la India cargados de silencios. Apuntes de viaje

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Venimos cargados de abultados silencios. Ni en el lujoso aeropuerto de Bombay los interceptaron. En los innumerables controles que hubimos de atravesar no nos preguntaron por ellos. Dejamos botellas de agua, tijeras, comida…, pero los silencios burlaron sin problema alguno todos los controles. Ahora aquí, cuando toca desempaquetarlos, cuando llega el momento de abrirlos, no nos atrevemos a soltar sus lazos. Las letras no acuden. El reporte se retrasa a la vuelta de la India. Amenazan crónicas críticas, apuntes severos y por eso uno se demora en ponerse a la pantalla y deshacer el lazo.

Ya de vuelta para casa, nos asalta el mismo sabor agridulce de otras veces en las que hemos viajado a la India o Nepal. Nos queda por descubrir la India de postal de colores, de Taj Mahal y amables shadus ante las cámaras. ¿Será que siempre erramos en el punto de aterrizaje? ¿Será fijación en esa India de pobreza? El caso es que no nos la quitamos de encima, que no nos podemos sacudir tan fácilmente el dolor, a veces teñido de cierta rebeldía, por todo lo contemplado.

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La nueva vida comunitaria

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Hace tres años me retiré unos días en el Monasterio de Notre Dame de Midlet en el Atlas de Marruecos. Una de esas tardes tranquilas estuve explorando su biblioteca. Reparé especialmente en un libro antiguo que contenía las reglas de las comunidades benedictinas. Creo, obro por simple y fallida memoria, que las promulgó San Bernard de Clairvaux allá en la lejana baja Edad Media. En ellas el fundador de esas primeras comunidades, pautaba hasta el más mínimo detalle de la vida monástica. El nuevo monje que se adhería a la orden sólo tenía que seguir una vida estrictamente reglada. No había lugar para equívocos, ni salidas de guión. En esas reglas se especificaba, es el capítulo que más me sorprendió, hasta el vino que podía beber cada día el monje, así como la “propina” en los días festivos. Todo estaba dictado, por supuesto el horario, pero también el espartano mobiliario, así como la higiene o la ropa a la que tenía derecho cada cuál… Nuestras vidas han sido en buena medida dictadas hasta el presente. Así ha sido a lo largo de toda nuestra historia.

El orden en el pasado estaba habitualmente impuesto. Nuestro nivel de conciencia no daba para más. Ha sido nuestra largo ayer de dependencia y sumisión, de subordinación asumida de la cuál somos absolutamente responsables. Ya aprendimos que hemos de reconciliarnos con nuestro propio pasado y con quienes con uno u otro roll actuaron en el mismo “escenario”, nos ayudaron a evolucionar y a alcanzar un presente de más libertad y empoderamiento personal y colectivo. En el ámbito comunitario, la participación en una vida compartida de orientación espiritual, implicaba necesariamente la aceptación de una estricta normativa. Las comunidades espirituales se desarrollaban únicamente en nuestro occidente católico en el marco de esas conocidas órdenes religiosas. Excepciones como las de las de las comunidades esenias, cátaras o kobdas y otras fraternidades espirituales, precursoras del linaje crístico, confirman la regla.

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