“¡No cojáis esos trenes…!”

granguerra

“¡No subáis a esos vagones, los soldados franceses son vuestros hermanos…!”, gritaba ahora hace cien años una heroica Roxa Luxemburgo. En las plazas, en las estaciones de tren alemanas se dejaba la garganta, se dejaba la vida. Pero subimos, subieron. En realidad hemos subido hasta ayer mismo a todos los vagones que nos llevaban a la guerra. Recién hacemos caso al llamado de la líder visionaria y de sus compañeros “espartacos” para evitar la conflagración fraticida.

Tras la fallida exhortación antimilitarista, vendrían los nueve millones de combatientes muertos, el hambre, la destrucción y las epidemias; gracias a Dios también los cuatro imperios menguados o desaparecidos. Ha tenido que pasar un siglo para saber que no deberemos volver a tomar esos trenes. Han corrido ya cien años, pero deberemos sujetar bien la memoria. El dolor multiplicado nos ha pisado hasta ayer los talones, el dolor masificado ha sido el detonador de una siempre cara comprensión colectiva. A la vuelta de siglos de confrontación tocaba abrazar ya una conciencia planetaria. Sólo se nos encendió la bombilla a punto de terminar de matarnos en esa guerra grande y en la que vino después.

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El peso de la memoria. A propósito de la llamada “enfermedad del Alzheimer”

concha

Los faros horadan la niebla de vuelta del mar, camino de la casa arrimada a un bosque siempre verde. Allá lejos, junto a las olas, aparentemente clavados en la nada, quedaron esos ojos fijos, inmutables que no horadan nieblas, que no escarban en la noche. Cada quien es libre de nublar los recuerdos, de filtrar la vida a voluntad, de quedarse con lo que quiere. Cada quien baja sus persianas cuando le sobra la luz, cuando el atardecer se le alarga. Se sube a un carro y deja que le empujen, que le peinen y le afeiten y así nos da la oportunidad de devolver todo lo que nos ha dado.

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“Euskal Herria en el corazón”

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Observo las fotografías difundidas de la reunión de ex-presos en Durango. Voy despacio de fila en fila. Escruto uno a uno cada uno de esos rostros duros. Exploro sus historias de noche oscura, incluso de aurora. Busco en esos semblantes ya cargados de arrugas, marcados por los fuegos de tantas batallas, sus sombras manifiestas, sobre todo sus brillos escondidos. Después me pregunto el por qué de ese detenimiento, de esa exploración exhaustiva. La respuesta se acerca aplastante: me persigo a mí, nos buscamos a nosotros mismos en ese espejo. Nosotros también somos ellos. Nosotros también somos ese ceño fruncido, ese gesto grave. Nosotros/as también hemos matado y nos han muerto. Somos esa presencia severa, pero también somos acogida. Somos “irrintzi” (grito de lucha y de fiesta), pero también “aurresku” (baile de bienvenida). Somos puño, pero ahora somos sobre todo profundo anhelo de paz.

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“Wasap” a los Magos de Oriente

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Queridos Reyes Magos: este año no quiero ningún “smartphone”, ni “tablet, “iphone”, “ipad”, “ipod”…, ni demás castañuelas telemáticas. A lo largo de los últimos meses he podido comprobar que las pantallas me alejan de la vida y yo quiero ir con ella; correr, volar, sentir con ella…; no pasar mis días con mi mirada clavada en un cristal. Quiero lo que asoma tras ese cristal, no precisamente el cristal, por muchos vídeos e imágenes bellas que me pueda proporcionar. Os pido por lo tanto otros intangibles que os detallo, sobre todo que estos tiempos más apurados en los que decidimos encarnar, ensanchen más en nuestro interior el principio de la solidaridad. Lo importante no son las jorobas de vuestros camellos cargadas a rebosar, sino nuestros corazones que desborden más sentido de mutua comprensión y ayuda, amén de anhelo de compartir.

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