Partir despacio. Reflexiones sobre el Alzheimer

olvido

Nuestra civilización denomina enfermedad a todo lo que se le escapa, a todo aquello que no alcanza a comprender. ¿Y si el olvido no fuera una enfermedad, sino un recurso para escaparse sin hacer ruido? El olvido puede ser liberación. Imaginemos que el alma dejara su cuerpo de testigo, de recuerdo; que no se atreviera a despedirse de una vez, de repente y por eso se marchara lentamente ¿Será el Alzheimer en realidad una cortesía, un detalle, un adiós sin decir “¡adiós!”? ¿Será un partir por capítulos, una separación lenta…, hasta que aquí sólo queda el cuerpo físico, el etérico y el astral, hasta que ya sólo pulsan los instintos del cuerpo de carne, los deseos de ese vehículo de emociones? Todo apunta a que en el llamado enfermo de Alzheimer resta únicamente la condición animal, desprovista de mental superior y espíritu. Iría poco a poco quedando sólo la personalidad inferior, el animal, dicho esto con todo el amor y el cariño, el animal con toda su inocencia y su hermosura. “No quiero prescindir de tener que esquivar sus mordiscos”, me decía alguien demasiado allegado y que no querría que mentara su nombre.

El problema somos nosotros/as hasta que comprendemos el mordisco y el arañazo, hasta que el amor y su paciencia nos acaban ganando. El problema somos nosotros que en vez de esquivar esos ataques no intencionados, a veces reprendemos severamente y nos enfadamos. Todo apunta a que este Dios y los Grandes Seres que todo lo gobiernan han vuelto a hacer múltiple y acertada carambola. Por un lado han diseñado esta partida a plazos del ser querido. Por otro, nos han querido brindar campo de servicio y entrega, oportunidad de acariciar y brindar ternura tan a menudo sin aparente vuelta. Nos han dado la opción de unirnos a cuantos rodeamos al “enfermo”. Será que todo estaba calculado, que esa mirada se iba a empezar a perder en el momento adecuado, que esos recuerdos se iban a nublar en el instante preciso…

No, no debió ser ninguna broma de mal gusto. Debía estar todo programado y esos ojos se iban a ausentar despacio. Nos empeñamos en retener a la mirada que quiere partir, al ser que ya ha cumplido su cometido en la tierra, una vez más sin terminar de reparar en que los lazos de genuino amor perduran por la eternidad. Yo le miro, pero él ya no está ahí. No está su verdadero ser, su alma. Ha dejado un testigo, un cuerpo para que lo cuidemos, pero él vuela cada vez más libre en las dimensiones del espíritu. El cuerpo volverá a la tierra y el alma, ya sin lastre alguno, enfilará hacia la luz y la paz sin nombre.

No, no es una cuestión de salud mental, es una cuestión de indagar dónde se halla realmente esa mente superior inherente a la monada espiritual, a la chispa divina, a qué sutil morada llama ahora a la puerta. Una vez más es cuestión de explorar la ciencia divina, la multiplicidad de nuestros cuerpos, sus naturalezas y sus destinos. Sólo con la falta de perspectiva, con la negación del inmenso horizonte de nuestra condición trascendente, puede pesarnos esa mirada cada vez más ausente. La vida en la materia es circunstancial y nos volvemos a encontrar, ya sin mordiscos y arañazos, sin necesidad de empujar pesados carritos…, al otro lado del velo. En la otra y más verdadera orilla es donde la memoria no falla y nuestro ser querido se hace presente en toda su lozanía.

¿Cómo decidiremos partir? Despacio o de un salto, con un silencio o con un galope. Siempre querremos no dar trabajo a nuestros allegados, pero esa última parte del vital guión dicen que ya está escrita. De cualquiera de las formas, la muerte no tiene aguijón, ni el sepulcro victoria… La victoria siempre será nuestra si acompañamos a la Vida, a sus Leyes, a su vocación de eternidad. El Alzheimer tampoco será enfermedad, sino un lento partir, para ya en los sueños, ya, al dejar definitivamente todos también el cuerpo, volver a encontrarnos, volver a abrazarnos.

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