Competir, no gracias…

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Hay vida más allá del competir, vida con mayúsculas. Hay vida sana, pura, entera más allá de ese diabólico verbo que nos ha tiranizado. Hoy ya no es cuestión sólo de “ser”, hoy hemos de “ser competitivos”, sino no somos, no tenemos futuro… Competir es un verbo que conjugamos muy a menudo en este mundo con exceso de individualismo. Lo mentan hasta la saciedad desde demasiadas tribunas. Insisten en que, “hoy más que nunca, en este planeta global es preciso estar despierto y así prosperar”. Si es necesario incluso, que sea a costa del otro. Los adalides de este sistema invitan a marchar ligeros de principios, a dejar a un lado la carga de ética.

Sin embargo es posible el ganar todos (“win win”). Mejor no pierda nadie. Ni la Madre Tierra, ni los derechos de los trabajadores, ni quien genera el mismo producto o servicio. Es cuestión de organizarse, de repartirse, no tanto el mercado, sino la satisfacción de las verdaderas necesidades colectivas. Hay un sitio para todos/as bajo este Cielo, no sin embargo para todas las ambiciones. Si es caso, competir sólo con nosotros mismos para poder servir más y mejor; darnos por entero sin perjuicio de nadie, persiguiendo sólo el beneficio ajeno. En tanto que empresa tratar igualmente de ser útiles, intentar ofrecer a la sociedad un buen servicio o producto. No pierda nadie. Que la publicidad sea sólo el producto. No más piernas bonitas sobre brillantes carrocerías. No más indigna utilización de la mujer para vender el último modelo de coche que corre más hacia ninguna parte y con el que se liga más rápido.


Agresividad es la carta de presentación en la economía del “sálvese quien pueda”. Sin embargo cansa competir, mostrar unas uñas que probablemente nos hayamos ensuciado. Queremos otro verbo, otra sintaxis más fraterna. Nos fatiga pensar constantemente en cómo puedo ganar al de al lado, cómo superarle… Agota explorar su punto flaco para poder dejarle fuera del juego, que no ayudarle. Harta un mundo en que a menudo hay más sitio para los más espabilados, los más sin prejuicios, los más “competentes”… ¿Hay algo diferente a la vuelta de esta caduca esquina? ¿Cuándo llega ese otro tiempo de más cooperar y compartir? ¿Cuándo prosperaremos con el otro? ¿Cuándo se unirán nuestros horizontes, nuestras voluntades, nuestros corazones…?

El mercado global trae “nuevos competidores y nuevas reglas de juego”, decía, no sin falta de razón, en su comunicado-sentencia el Grupo Mondragón. Las cooperativas vascas habían creado un marco productivo y social con un importante grado de solidaridad, pero la solidaridad ha de alcanzar los confines de la tierra, para que sea sostenible en todas partes. Lo tienen aún difícil esas islas, esos ámbitos solidarios limitados.

No todo es blanco en la gama de los electrodomésticos. Los aparatos de a cuatro perras la hora de trabajo inundan las grandes superficies. “Fagor” no puede “competir” en este mercado global y por eso echa el candado. Ni el propio Grupo Mondragón, ni el Gobierno Vasco saldrán de nuevo al socorro, le inyectarán más dinero. ¿Cuánto tiempo tardará hasta que podamos ver en los medios sustituido el verbo “competir” por el de “colaborar”? No es mera semántica, es una cuestión civilizacional. ¿Cuándo dejaremos de defender nuestros propios intereses, para defender cada vez más los de todos? No, no es un simple cambio de palabras, es un salto cuántico de conciencia, es la pendiente instauración de una nueva era.

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