“Más allá del sol… / ”Crónicas de Pirinea 2013 ( Galería de imágenes de Pirinea en www.pirinea.org)

pirinea.txiki.2013
Nadie osaba romper el aro. Seguíamos meciéndonos en un instante sin tiempo, en un sagrado candor fraterno, casi olvidado que inconscientemente explorábamos y anhelábamos recuperar. Sí, revivir el momento en que fuimos como hermanos. “Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un hogar, hogar bello hogar…” cantábamos una y otra vez sin cansarnos… Más nos estrechábamos en el círculo más cercanos nos sentíamos de ese añorado Hogar. Ocurrió así en repetidas veces de forma espontánea a lo largo del campamento. “Algo” nos mantenía enlazados por los brazos cuando los cantos se extinguían y nos invadía tan cálido silencio. Nos balanceábamos de un lado a otro y nadie osaba romper esa magia de los cuerpos y las almas enlazadas.

Nadie lograba separarse, ni quebrar el silencio. ¿Qué es lo que perpetuaba esos seres tan unidos pese a la nota final? ¿Qué es lo nos impedía deshacer el círculo? ¿Tiene ello que ver con el llamado de Thich Nhat Hanh al fomento de la comunidad o la shanga? Seguramente esa irrefrenable y sana nostalgia del “Uno” que allí nos asaltaba, es la misma conciencia del “interser” de la que nos habla el reconocido maestro vietnamita.

Hemos pasado unos días entrañables, de profunda comunión en grupo y con la naturaleza. La gente ha dejado Pirinea feliz (reportaje gráfico ya en http://www.pirinea.org). Su felicidad es la nuestra, su gozo nos da fuerza para seguir con la iniciativa, aún si cabe con más esfuerzo y entusiasmo. También es verdad que a menudo, en medio del intenso trabajo de estos días, se dibujaba en la mente un buen libro y un río. Ese regalo ha por fin llegado, siquiera breve.

Saboreo los libros de Thay, de este gran maestro, que recién he descubierto. Medito sobre su profundo y liberador contenido. Se me hace difícil extraer, para compartir, alguna de sus frases, pues todas sus lecturas me llegan bien adentro. Reflexiono sobre cuanto menta a propósito de la Shanga (comunidad). Al eco de los cantos grupales de todos estos días en la montaña, se suman ahora estas lecturas en torno a la necesidad de crear y fomentar comunidad. Yo no sé en qué idioma cantaremos, pero habremos de cantar unidos… No sé cómo lo haremos, pero habremos de respirar, sembrar, trabajar, festejar, sudar, volar…, de día en día más compenetrados. La idea de la comunidad va adquiriendo más y más fuerza en nuestros corazones. Por eso en breve, si Dios quiere, pondremos rumbo a la cita de tantos soñadores, de tantos y tantas hacedores comunitarios de la península que nos reuniremos en el marco del Encuentro Ibérico de Ecoaldeas (Toda la info en http://rie.ecovillage.org/)

No es que mañana calcemos hábito y oremos en vietnamita, que vayamos a raparnos el pelo y encerrarnos en un monasterio…, pero iremos convergiendo en función de nuestras afinidades culturales, espirituales…, pues es el tiempo de las alianzas y del juntos intentarlo. Agradezco profundamente a Thay por presentarnos un testimonio de comunidad que raya tan alto, una Shanga tan pura y tan bien orientada. Su elevado ejemplo no se manifieste en balde.

Creo que delante de él, en los días que hemos pasado en Plum Village antes de Pirinea, no tomamos auténtica cuenta de quién era, de la talla del ser que teníamos con nosotros. Ahora avanzando por sus libros cargados de ancha y muy práctica sabiduría, su figura adquiere, si cabe, un relieve mayor. Trato de impregnarme de su profunda mensaje tan directo y actual, al tiempo que reparo en la suerte de haberle conocido en vida.

Este anciano en plenitud de sus facultades nos ha proporcionado unas claves muy valiosas para el devenir cotidiano. Sólo podemos agradecer a los grandes seres, que como Thay, tanto piden de nosotros y de nuestra entrega a la plena conciencia. De nada nos sirven las espiritualidades “a la carta”, los caminos cómodos y fáciles en los que el “ego” rueda a sus anchas. Cada quien en un momento de su vida ha de responder a la vital disyuntiva de seguir rodando o asumir la pendiente… Gracias al Cielo, ahora menos que nunca, al enfrentar la ascensión no estamos solos. Nunca hemos estado tan acompañados. Por eso al hacernos la Montaña, queremos sentir cercana esa voz del hermano, del compañero o la compañera, que con fe e indisimulado gozo entona aquello de…: “Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un hogar, hogar bello hogar…”

De pucheros y tormentas

A menudo sopla el hermano viento y el fuego se apaga y el gas permanece durante tiempo fugándose. A veces hay no hay otra solución que la llama a tope y entonces asoma el riesgo de que la comida se queme. Aún con todas las dificultades, invertimos todo el cariño en la tarea culinaria. Andamos ahí manejándonos entre los dos extremos. A veces el hermano sol calienta de tal forma, que ni la llama se ve y hay que adivinar la fuerza del fuego mirando desde arriba el hervor del puchero. La cocina en el campamento es un constante juego entre las polaridades, un intento de hallar ese punto de medio para la coción sosegada y completa.

Los manuales y recetarios al uso no nos los podemos llevar al campamento. Hay que apurar el olfato, la vista, el gusto, el tacto. Hay que estar ahí y olvidarnos del cronómetro, el vaso de las medidas, el peso…; hacernos uno con el alimento, meternos en la cazuela y adivinar lo que se cuece dentro. Hay que estar absolutamente presentes, por entero ahí, fundiéndonos nosotros también en esa singular alquimia. Amamos el arte culinario también en esas situaciones poco cómodas, aunque azote el viento, aunque sea con limitados ingredientes y escasos medios. Queremos estar ahí con el mandil en ristre, aunque las afiladas hojas hieran a veces los dedos y nos quememos nosotros y la comida también se queme y los riñones se resientan de tanto agacharnos… Amamos esa oculta ciencia de hallar el punto exacto que deleite los paladares del grupo que regresa de las cimas. En mitad del barullo, de la motosierra del camping que ruge todas la mañanas…, habremos de lograr la concentración necesaria para dar con ese punto de equilibrio de calor, de tiempos, de cantidades, de aderezos…

El preparado de los cereales representa toda una prueba de fe. Ningún manual nos puede decir en qué momento apagar la olla gigante, ningún recetario nos soplará el calor que va a mantener ese puchero una vez sacado del fuego. Es algo así como la vida. Puedes jugar a seguro, apagar el gas cuando el cereal ya está hecho, pero al rato éste estará ya pasado. ¿Cómo calcular el momento de hacer callar al hermano fuego de forma que el grano se haga y a la vez permanezca suelto?

Disfrutamos entre los pucheros. No sé qué haremos cuando volvamos a una cocina que no se apaga con el viento y coloquemos un minúsculo puchero en una encimera con fuego, sin necesidad de desriñonarnos. Disfrutamos entre el sonido del metal de esas ollas que se abren y se cierran, disfrutamos teniendo en el suelo diferentes pucheros a la vez, adivinando lo que cada uno necesita en cada momento. He ahí un buen gimnasio de “Mindfulness” (Plena conciencia) en el que la más mínima distracción puede salir cara.

Sí, la cocina, por muy de campaña que sea, reclama también serenidad y ausencia de enfado. Confieso que no procede, pero ocurre. A veces la comida se pega o el arroz se pasa y estalla el juramento. He ahí quizás el mayor desafío junto a unos fuegos tan difíciles de controlar. No deseo presentar ninguna estampa idílica. Sé que no está en el manual de esa sagrada alquimia, pero me he sorprendido a mí mismo soltando fuertes y estentóreas palabras ante un fondo de cazuela quemada. Hay que volver a empezar… No cantamos “mantrams” al cortar los vegetales. Las prisas nos impiden hacer el debido círculo antes de desenfundar los cuchillos, pero en el equipo de cocina reina un buen ambiente y de seguro que algo de ello alcanzará a los alimentos.

María trae de los prados cercanos de buena mañana las hierbas para el aderezo de los potajes y cereales. Algún día nos será revelada esa superior alquimia de las plantas y las especies… Por ahora sigue funcionando con toda armonía esa otra alquimia de los corazones, quizás la más importante, con su fuego de altar y su pausada coción, con su aderezo de cantos y oraciones, de danzas, silencios colectivos y abrazos… Las tormentas paradójicamente también ayudan a amalgamar el grupo.

Los más fuertes aguaceros de todo el verano se han desatado encima y no han logrado ahuyentar al medio centenar de personas que constituimos la familia de Pirinea. En el valle contiguo de Belabarce, dos campamentos de jóvenes han sido evacuados y todos sus componentes alojados en el polideportivo de Isaba. En la noche de diluvio en cuestión, encendimos una vela en la carpa y nos arrejuntamos todos en un círculo. Escogimos para ello el único perímetro no encharcado. En mitad del círculo tendimos unas esterillas en las que se tumbaron los niños. Los cielos tronaban y nosotros cantábamos sin parar suaves melodías. Afirmábamos de esa forma que todo estaba bien, que nos encontrábamos en buenas manos, que ningún temor nos atenazaba.

La tierra ya no podía tragar más agua y los charcos iban creciendo dentro y fuera de la gran carpa, pero los espíritus estaban tranquilos y la fraternidad se fortalecía. La tienda grande de los niños naufragó, se hundió con el peso del agua. Hubo reacomodos en las tiendas para acoger a los más “damnificados”. Hay quienes, con los sacos ya empapados, optaron por el albergue.

Los cantos ininterrumpidos durante la noche debieron contribuir a que el sol se alzara al amanecer. En esa mañana todo el campamento era un inmenso tenderete. Cantidad de ropa, sábanas y sacos colgaban de las cuerdas. Preocupados por las noticias alarmantes llamaban familiares y amigos. Ellos no sabían que el sol se alzaba ya sobre la montaña, sobre la cima también de nuestros corazones.

Son apuntes sueltos, letras a la carrera, entre puchero y puchero; letras aceleradas para intentar compartiros algo de esa magia de las almas que día a día va creciendo en medio de esta aldea de paz y crecimiento, de este campamento al abrigo de los orgullosos Pirineos…

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