El dilema de Siria

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No nos ruboriza afirmar que queremos que despeguen esos aviones de combate y sellen las puertas donde se halla el mal, el mal que riega con mortal química los barrios de las populosas ciudades sirias. No nos ruboriza afirmar que estamos por la intervención precisa, quirúrgica y neutralizadora. No sin tristeza asumimos este postulado. La larga serie de advertencias y medidas diplomáticas ante Damasco, no han servido para impedir que el dictador Bashar Al-Asad siga aterrorizando con sus masacres a la población civil, con la única finalidad de perpetuarse en su tiránico poder.

¿Cómo de otra forma hacer que cese el impune y masivo asesinato de civiles? Las armas son siempre el último recurso, ¿pero hay ahora algún otro? ¿Qué queda por intentar sino unos “Tomahawk” bien dirigidos, certeros en la destrucción de arsenales y que causen el menor número de bajas? No creemos en la guerra. La humanidad ha de emerger de la diabólica espiral de la confrontación en la que está sumida desde hace milenios, sin embargo es preciso preservar la vida y los derechos humanos allí donde son reiteradamente amenazados. Es preciso detener en algún punto el mal contumaz. Ojalá el Durango o la Gernika del 37 hubieran sabido lo que es una coalición internacional presta a defender la vida de los civiles.
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“Más allá del sol… / ”Crónicas de Pirinea 2013 ( Galería de imágenes de Pirinea en www.pirinea.org)

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Nadie osaba romper el aro. Seguíamos meciéndonos en un instante sin tiempo, en un sagrado candor fraterno, casi olvidado que inconscientemente explorábamos y anhelábamos recuperar. Sí, revivir el momento en que fuimos como hermanos. “Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un hogar, hogar bello hogar…” cantábamos una y otra vez sin cansarnos… Más nos estrechábamos en el círculo más cercanos nos sentíamos de ese añorado Hogar. Ocurrió así en repetidas veces de forma espontánea a lo largo del campamento. “Algo” nos mantenía enlazados por los brazos cuando los cantos se extinguían y nos invadía tan cálido silencio. Nos balanceábamos de un lado a otro y nadie osaba romper esa magia de los cuerpos y las almas enlazadas.

Nadie lograba separarse, ni quebrar el silencio. ¿Qué es lo que perpetuaba esos seres tan unidos pese a la nota final? ¿Qué es lo nos impedía deshacer el círculo? ¿Tiene ello que ver con el llamado de Thich Nhat Hanh al fomento de la comunidad o la shanga? Seguramente esa irrefrenable y sana nostalgia del “Uno” que allí nos asaltaba, es la misma conciencia del “interser” de la que nos habla el reconocido maestro vietnamita.

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La fuerza de la transformación


Habían completado su cupo de batallas y seguramente por ello comenzaban a sonreír sin autocensura, sin medida externa o interna. Ella había decidido reunir en esta vida demasiados sinsabores, pero aún así nada había logrado matar el brillo de sus ojos cargados de tan sincero como discreto amor. Hay muchas formas de amar, de arrojarse en aras del bien al prójimo. A veces incluso también confundiendo casilla, cayendo en algún pozo… Sólo tras profundos hoyos nos atrevemos a inundarnos de luz. En medio de las calles y su trasiego anónimo, lo que destaca es siempre esa luz radiante, tenaz, perseverante, aún a consta de un cuerpo reducido a huesos.

Todavía recuerdo sus cartas desde Yeserías, en las que había más color que letra, más esperanza que rencor, más fe que combate político. Encontré a esta apreciada pareja, que recién estrenaba ancho asfalto y dicha, el sábado pasado por las calles de Donosti, mientras que yo empujaba el carro de mi “aita”. Me acompañaron toda la Avenida. Fuimos amenamente charlando casi hasta la Kontxa por esa amplia arteria por nombre Libertad, paradojas de la vida, ellos que saben tanto de encierros.

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