Por la ruta de los contrabandistas…

Sólo quedan las cumbres para poder tomar plena conciencia del paraíso que un día heredamos. Merece la pena remontar la altura para tomar noción de la auténtica herencia que nos fue encomendada. Allí la Creación se manifiesta casi original. Por eso allí arriba es más fácil rendirse a la bondad y belleza infinitas del Creador. ¿Qué hemos hecho de este escenario sagrado que nos fue cedido para experimentar y evolucionar?, ¿Qué hemos hecho con toda la belleza que el Innombrable puso a nuestros pies? ¿Podremos siquiera sembrar algo de ella por sus caminos…?

Sed de inmensidad y de altura me  coloca, mochila a la espalda, en los altos de Belagua (Pirineo navarro) el pasado domingo a la mañana. Me dispongo a recorrer la ruta denominada de los contrabandistas, pues era la que  frecuentaban aquellos hombres de acero que traían en sus  espaldas productos del otro lado de la frontera. Ahora que todo es fácil y  a golpe de “click” y tarjeta de plástico, conviene sentir encima nuestro los fardos que cargaron nuestros antepasados. Por la ruta de los contrabandistas trato de hacer mía su carga. De esa forma seremos invitados a apreciar y apreciar cuanto hoy gozamos. Asir la mochila cargada del ayer nos ayuda sentirnos más ubicados en nuestros tiempos privilegiados. Realizo el tramo que va desde muga con Francia hasta cerca de Isaba. En mi ligera mochila, queso, frutos secos, fruta, la cámara, los mapas y el cuaderno. Ayer hacían esta misma ruta con pesados bultos a sus espaldas.

Somos porque ellos/as han sido. Nuestro privilegio es la suma de todos sus esfuerzos…, pienso mientras avanzo por montañas con impresionantes vistas aéreas. Sopla una agradable brisa. Trato de imaginar esa misma excursión con frío, con viento, con nieve en las rodillas… Camino por estas altas laderas que aún no se han quitado la nieve de encima. Levanto las manos saludando a las altas montañas. No sé cómo hacer llegar de otra forma a estos grandes “Apus”, a estos impresionantes seres, todo el agradecimiento que no cabe dentro…

Durante el pasado verano, en el camping de Asolaze les había visto partir a los compañeros del campamento en multitud de ocasiones hacia esas alturas que yo tenía vedadas por tener que preparar la comida. Con una mano revolvía el puchero, mientras que la otra la agitaba en señal de despedida. Me había propuesto alguna de esas excursiones de altura por Belagua, fuera del campamento, cuando no mediaran cocinas. Una reunión con los responsables del camping donde nos volveremos a instalar, Dios mediante, en el próximo Agosto (www.pirinea.org), me proporciona la excusa perfecta para la excursión pendiente.

Día festivo y sol espléndido, pienso que no habrá ninguna dificultad en que alguien me lleve hasta el refugio de los militares para iniciar allí la ruta hasta el collado de Arrakogoiti y desde allí tomar el sendero de los contrabandistas. Camino desde el Camping y cuando pasa algún coche, saco como antaño el dedo. Apenas 12 kms. del destino. Ya no hay que atravesar países enteros como en otros tiempos… En realidad a esas tempranas horas hay mucho menos tránsito del que me imaginaba. Un mujer francesa que regenta el txiringuito  del “Rincón de Belagua” es la que finalmente me coge. Para nada tenía que subir ella al refugio, pero insiste en llevarme. Llegamos a su rústica taberna, enciende  el generador a gasoil para que se vaya calentando y me sube a las alturas. Cada día se arriesgan menos automovilistas, por ello el auto-stop tiene la virtualidad de llamar a tu vida a la gente más extraordinaria; y esa mujer lo era. Con dificultad logro que, por lo menos, me acepte el importe de la gasolina.

No pensé que aún se mantendría la nieve  en esos altos de Belagua. En absoluto venía preparado. Uno tras otro van apareciendo los neveros. “Peligro con nieve” rezan los carteles. En realidad desaparece el camino en muchos tramos y el nivel de la pendiente impone respeto. Será preciso andar con todos los sentidos, sin embargo ¿quién renunciaría ya en ese punto a ese sendero maravilloso, a ese itinerario entre el cielo y la tierra? La gloria de aquellas alturas no permite ni por un segundo considerar la posibilidad de volver para atrás.

Por debajo de la mayoría de los neveros corre un pequeño riachuelo. ¿Soportarán las nieves este cuerpo liviano? Les prometo prudencia, les pido alianza… Ni un solo palo para  atravesar estos neveros de gran inclinación. Mi helada mano derecha hace las veces de “piolet”. Así dispongo de otro asidero. He debido tener bien ocupado a una buena cohorte de ángeles, pues el pequeño percance no viene  hasta  haber atravesado un buen número de neveros… Voy ganando una excesiva confianza en el grosor de esas nieves, hasta que ésta se viene abajo y con ella mi pierna izquierda. Me agarro fuerte a una roca a la derecha hasta el punto de rasparme la piel. Un poco de sangre que mana de la mano derecha y unos rasguños es el único y muy leve pago. En realidad ha sido una imprudencia, pues tan pronto logro rescatar la pierna y salir del nevero, me doy cuenta de que había otro opción un poco más abajo para atravesarlo.

Después viene cuando te pierdes, cuando andas buen trecho despistado. Estoy absolutamente  borracho,  extasiado en la altura y me olvido de las marcas blancas y amarillas. Cuando los neveros no les perdía ojo. No daba un paso sin cerciorarme que avanzaba hacia una señal. Pero cuando se abren los altos prados y bosques, no olvido el rumbo, pero sí las señales. Tras pasar la prueba de los neveros, pienso en falso que nada ya puede detenerme.

Atravieso a la brava, sin sendero bosques y altas praderas. Los brotes jóvenes de las hojas de las hayas, terminan de abrir también este corazón aún algo encogido. Avanzando en la dirección correcta, vuelvo a encontrar el camino. Me prometo a mi mismo no soltar el blanco-amarillo. Sin embargo en medio de ese éxtasis de altura, soy pasto de una imaginación que vuela…. No tardo en volverme a perder. La montaña se toma la licencia de cobrarse los éxtasis, cual vulgares despistes. Me abandono a una contemplación que no repara en la señales del mundo. No se puede alabar por esos senderos  de altura…, so pena de nuevos rasguños por los bosques tupidos. La mente superior abstracta ha de  aprender a ceder su espacio a la mente concreta, me repito allí arriba… Hay que controlar  esa  “borrachera de altura”, me digo cuando me encuentro en medio otro bosque  sin aparente salida.

Tras infructuosa búsqueda, renuncio finalmente a la posibilidad de volver a encontrar las señales amarillas y blancas. Me consta que si bajo 600 mts. de desnivel a través de ese bosque de pinos con tantas zarzas y tan poco ensueño, me tropezaré con la carretera. Cuando al final del complicado descenso me encuentro con ella, no sé por qué me da por sonreírme. Me encuentro de nuevo con la civilización y me asalta una leve risa. Las escapadas son imprescindibles, pero parece ser que el escenario es el mundo. Me podía haber quedado, sin buscarlo, en aquellos neveros de altura y sin embargo ahí estaba de nuevo junto a la carretera de la vida, rumbo a nueva aventuras.

Quienes no servimos para el contrabando, hemos de intentar el “mercadeo” con la palabra siempre insuficiente. Hemos de ir  tras ese puro blanco, aunque a veces perdamos los caminos, aunque a veces se nos quede la pata  colgando… Subir las alturas es llenarse de Dios, Dios sin nombre, ni apellidos, ni etiquetas…; Dios por llamar de alguna forma a esa Inteligencia, a esa Bondad infinitas que quiso colocarnos para evolucionar en medio de tan soberbia maravilla. Caminar los cresteríos, tratar de escribir la montaña es al fin y al cabo el mismo ejercicio de disfrute, el mismo gozo  de  avanzar alabando la Creación, para más fascinación en este caso, coronada de blanco. Este lleno de Dios desborda lo interno y vuela y se  expande, merced a todas estas redes, a todos estos adelantos. No pude traer las sugerentes alturas a vuestras pantallas, os traigo mi más sentida y colmada alabanza… “Al menos dejemos flores, al menos dejemos cantos…” (Alabanza conchera)

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