“Noble causa, justo camino” (Sobre los escraches)


No siempre será preciso agotar las gargantas para hacer valer lo justo y lo verdadero. Un silencio, un “mantram”, una canción colectiva… pueden ser  infinitamente más poderosos que una  voz forzada, desatada o rota. Los decibelios de una manifestación no la acercan necesariamente más a sus metas. Un silencio ubicado, inteligente, imperturbable, afianzado en rectitud, desbordado de compasión, puede desarmar al adversario, o lo que es más importante, ganar su sentir.

El problema tampoco será a dónde vayamos, sino lo que llevemos dentro. La no violencia activa, rezaban los manuales que manejábamos en la transición, supone  una  gran  acumulación de energía, que hay que saber invertir de forma inteligente y apropiada. Amor, sabiduría y voluntad siempre de la mano, también por las grandes y agitadas avenidas de nuestras ciudades, también en medio de estos tiempos tan apretados. Sobre todo ahora que la sangre corre el riesgo de calentarse a la vista de las escandalosas “primas a los directivos”, de las “jubilaciones de oro y platino”, de la corrupción que no cesa, de la Corona que ni de lejos ejemplifica… Los rescates a la banca no hay quién los entienda, pero las causas justas requieren afinar al máximo los métodos, so pena de hacerlas naufragar.

Firmeza no es palabra sinónima de alboroto. Hay diferentes formas de plantarse ante el domicilio de un político. La expresión cívica deberá distanciarse del acoso. Sí, puede ser de ley ir civilizadamente en pos de quien pudiera estar involucrado en injusticia o atropello, lo que no sería acorde con un noble fin sería gritar, insultar, gesticular con agresividad. El objetivo está también en los medios. Las justas causas no necesitan de formas que las pierdan. En todo momento será preciso plantearse  a qué  estamos  dando rienda suelta, a una  rabia  incontrolada o un justo anhelo de transformación de la realidad. ¿Nos comen las tripas, o aún sintiendo su revuelo, gobierna la mente equilibrada?

Sí, “sí se puede”, sí se puede  detener la usura de muchas entidades bancarias. Sí, se puede  lograr que el gobierno legisle  a favor de los más desfavorecidos, de los que no les alcanza para la hipoteca, pero la impecabilidad será imprescindible en el empeño. No todo debería estar permitido en la noble  filosofía del  “Sí se puede”. Los ideales que podemos albergar dentro son demasiados bellos como para dejarlos  mancillar por una ira repentina. Sólo los métodos puros pueden  alcanzar altas cimas, metas puras. “Sí se puede”, pero la creatividad, la belleza, el orden, la serenidad…, no sólo en el horizonte lejano, sino sobre todo en el más inmediato de las aceras ocupadas.

Unamos mentes y corazones en favor de esos urgidos y elevados ideales de justicia y solidaridad, mas las tripas en casa. Mejor no llevarlas de paseo, menos al domicilio de nadie, por muy del gobierno que sea, por muchos números rojos que visualicemos en nuestra castigada cartilla.

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