No se oculten las estrellas

El “no” es a menudo lo más  fácil, el “no” que no mancha, ni compromete, ni se responsabiliza de nada; el “no” que permite mantenerse ausente, puro, incontaminado… El problema  es  hasta dónde  iremos con el “no”; hasta cuándo sin sembrar, sin construir, sin decidir, sin conducir…, hasta cuándo sin involucrarnos, sin tomar  partido…; hasta cuándo  sin salir en apoyo de nada, ni de nadie.

Sí, Beppe Grillo se mantendrá casto y virgen, pero Berlusconi con más alas y más cerca del poder; Italia por su parte sin timón y Bersani sin nadie a quien mirar para sumar apoyos imprescindibles. El “Movimiento Cinco Estrellas” no se manchará, ¿pero que será de la nación sin sus votos imprescindibles para formar gobierno progresista? Nada hermoso ni prometedor nos sugieren los populares cortes de mangas del singular cómico. Nada nos seducen los brazos que repudian. Buscamos los que levantan y reconstruyen.

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Pueda ser él

 

¿Quién dijo que estaba todo perdido? Seguramente nos equivocamos al pensar que dentro de la vetusta institución no había nada que hacer, que bajo las sotanas de la Jerarquía no podía medrar ninguna esperanza, que entre tanto anciano purpurado elegido a dedo, no había posibilidad de renovación alguna… Y sin embargo estos días hemos podido comprobar que sí se abría rendija para el aire fresco, que había mármol para esos humildes zapatos negros, margen para un Papa argentino y además jesuita. Al día de hoy, el mayor cambio posible, sereno y tranquilo, en el seno de la Iglesia católica está en marcha y no podemos por menos que saludarlo. Un antiguo escepticismo se va rindiendo felizmente día a día ante el monitor de la televisión. Cierta e inocente generosidad llama a nuestra percepción desconcertada. Hemos visto, los estamos viendo en cada una de las comparecencias públicas de Francisco I y estamos comenzando a creer…

Cuando salió a la luz la biografía del nuevo Papa, en tantos aspectos marcando una positiva diferencia, algo me transportó a la orilla del mar. Se abalanzó sobre mi mente el recuerdo de tantos amigos cristianos de Donosti, ligados a la familia y al Foro espiritual de Estella. Me acordé de toda esa buena gente que merece en Roma alguien con toda la fuerza del amor que ellos/as llevan dentro. Esos cristianos que han devorado durante años el Jesús de Pagola casi a escondidas, que añoran las libertades que siempre gozaron con Uriarte y Setién, todos esos cristianos cuyo desbordado anhelo no termina de entrar en los sermones oficiales, entre los párrafos siempre estrechos de los catecismos, esos cristianos genuinos que se han ajustado a lo impuesto, cuyo espíritu se ve encarcelado en el dogma establecido y que por lealtad no dieron un paso fuera del perímetro eclesiástico…, necesitaban un Papa, como todo apunta, puede ser Francisco I. Su sencillez, cordialidad y voluntad de cambio abre cuanto menos una ventana a la esperanza.

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No florezca en balde

 

 

La aparente crisis nos empuje al silencio imprescindible. No nos faltan recursos, adolecemos de reverencia, de agradecimiento. Hemos cargado con demasiado olvido. La verdadera crisis vendrá cuando se derritan la nieves y no florezcan los campos; cuando los ríos canten y la primavera recule y se esconda; cuando el fuego del hogar calle y las yemas no exploten…,  pero el verde se prepara ya para  acoger por todas partes a la nueva vida y sus colores.

Érase un sol que nunca olvidó ningún alba, una luna que ordenaba las pausas, unos planetas que nos amparaban en medio del infinito. Érase un viento que traía los aromas más lejanos, que empujaba el polen para amarillear nuestros prados. Érase un fuego siempre dispuesto a calentar las estancias  y a tostar nuestros granos. Éranse unos ríos que nos acercaban el agua pura de las altas cimas;  una Madre Tierra que ponía en nuestra mesa las frutas cargadas de jugo en el estío y los frutos rebosantes de energía en el invierno.

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Lágrimas sagradas

El dolor ajeno es una de los territorios más sagrados. Impone supremo respeto. Hay que “guardar armas” ante el sufrimiento del prójimo. De ahí la contención imprescindible, la pupila cortés en el análisis del legado de Hugo Chávez. Vemos pasar ante su cuerpo inerte muchas gentes humildes, doloridas y ello inspira inevitable compasión. Reverenciamos el cristal de esas lágrimas puras, que además salen de los rostros  más  castigados,  de los más relegados. Son las lágrimas de los últimos, de su gente, de la que creyó ver el amanecer desde las colinas depauperadas del Caracas “bolivariano”. Sí, con Chávez creyeron llegar su momento, la hora  ansiada, la revolución merecida. Íntima y suprema consideración por lo tanto, como no podía ser de otra forma, por esas lágrimas sinceras, por el pesar ajeno ante la partida del carismático líder que quiso inaugurar nuevo tiempo.

Un acuciante interrogante acompaña sin embargo la primera consideración. ¿En tanto que líder incuestionado y plenipotenciario, cómo les dejó tan atrapados? ¿Cómo no les llevo más lejos, no les mostró más luminosos y motivantes escenarios? ¿Cómo les mantuvo tan acorralados en el perímetro de rencor, en la estrechez de la perenne revancha? ¿Cómo no les acompañó, desde su enorme apego al micrófono, fuera del pozo del victimismo, hasta páramos de más genuina liberación humana? Seguramente el comandante no les podía liderar hasta esa geografía más radiante, libre de ofensa y confrontación que él mismo no divisaba, que ni siquiera  estaba en sus mapas de las mil un batallas… Primero hay que atisbar el horizonte humano de integral emancipación, allí donde el sufrimiento deviene recompensa en forma de perdón, amor y luz.

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