Tambores cercanos

Lo confieso. Correré tras el estruendo. Tregua decretada en el interno y permanente dilema que pretende confrontar lo pequeño con lo grande, lo particular con lo universal. Ya oigo resonar en los oídos una tamborrada antigua. Permitiré que las melodías de Sarriegi penetren cada una de las células y lo haré sin reparo a la piel de gallina, sin pavor a quedarme enganchado, sin miedo a dejarme atrapar por lo familiar, lo cercano.

No están de más esas melodías que nos sacuden por dentro y de paso marcan un punto, una referencia, un cobijo en el ancho mapa. No está de más sentir el apego y abandonarse y desistir de luchar contra él; escuchar el tañer de los tambores, permitir que campen por las entrañas en todo su estruendo, a sabiendas de que en la próxima vuelta de la vida no habrá quizás bahía, ni Kontxa, ni Sarriegi, pero sí otro escenario mágico, otras sanas catarsis colectivas, otras melodías capaces de emocionar y derritir por dentro…


Mañana puede ser otro disfraz, otro balcón, otra plaza… Somos suma de identidades, de melodías, de formas de escapar y vivir la fiesta. Atrás dejemos el conflicto que sólo el exceso de uno u otro signo puede fundar. Vamos hacia la complementariedad entre lo propio y lo supuestamente ajeno. Las emociones nos invitan también al justo centro: disfrutar la ciudad en plena celebración sin olvidar la naturaleza cuasi infinita del universo; repetirse la veces que sean necesarias, que no es pecado conmoverse con una música local. Pisar la “Consti” después de más de 20 años de ausencia en la víspera de San Sebastián y brincar y cantar con amigos, seguramente no comporte merma de conciencia planetaria.

Que podamos disfrutar la melodía cercana, sus tambores de adentro y a la vez vivir con no menor gozo una ciudadanía más y más extensa. Sí tañer de patria chica, pero replique también de patria ancha, universal. Superemos pretéritas disyuntivas, que podamos amar nuestra ciudad, nuestras tradiciones y a la vez sentirnos hermanados con redobles y ecos más lejanos, con todas las patrias allende nuestros cascos viejos… Las raíces no nos impidan volar, descubrir un planeta apasionante y sus culturas cautivadoras, pero dentro guardar con doble “buck up” cada quien su “Tatiago” particular. En un mundo tan globalizado necesitamos canciones, tambores de anclaje. En cualquier parte del planeta poder volver a la infancia, a esa plaza-cuna y aporrear la madera más cercana y, siquiera en la imaginación, saltar sin descanso sobre su eterno adoquinado. Al fin y al cabo la fraternidad planetaria tiene que empezar en alguna bahía, por algún redoble, por algún escalofrío.

Hay que reparar a tiempo en los límites de la pantalla. Ya no más tamborrada por la tele. Habrá que ir a la plaza y a las doce en el arranque del himno bendecir la suerte de haber nacido en este tiempo, en esta ciudad, en este mundo cada cual más apasionantes y cargados de significados; bendecir la vida que nos coloca junto a una orilla, que nos empuja a una plaza abarrotada  y contagia melodía, pero que quiere que la amemos en toda su infinita extensión, en su inabarcable maravilla.

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