Las únicas, últimas batallas

 

La sicología humana tiene enroques imprevisibles. Cuesta comprender que quien demanda para sí unos derechos pueda hacer por  privárselos a otros. La historia una vez más nos alumbre… El 18 de Junio de 1940 De Gaulle lanzaba desde Londres a través de la BBC el crucial llamamiento a favor de la resistencia frente a la ocupación nazi. ¿A cuántos franceses en el interior y el exterior  no se les puso la carne de gallina al escuchar aquel heroico llamado al combate por su liberación? Sin embargo esos mismos franceses, ¿cómo pudieron permitir poco después Indochina y Argelia? ¿Cómo concibieron esas últimas  guerras  colonialistas recién librados ellos de la opresión? Quienes tanto sufrieron por la conquista de su legítima libertad, ¿cómo la pudieron, casi de inmediato, intentar, por todos los medios, negar a otros?

Cuesta comprender que la Francia que había vibrado con el clamor contra la tiranía y la ocupación, tratará de someter a sangre y fuego al pueblo vietnamita primero y al de Argelia después. Orgullo e intereses pueden jugar estas malas pasadas, pueden llegar a  enterrar derechos elementales. Una egótica nostalgia puede opacar en la condición humana su parte más  noble. La gran Francia se empantanaba así, al comienzo de la década de los cincuenta, al otro extremo del mundo, en una guerra tan ensañada como absurda.

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Tambores frente al olvido

El misterio nos sobrepasa por doquier. Avanzamos por la vida rumiando preguntas cuyas respuestas sabemos que no podremos hallar en ningún manual al uso. La ciencia absolutamente nada nos dice, por ejemplo, de la real constitución del ser humano, de sus diferentes cuerpos y cometidos de éstos. La ciencia oficial aún no considera ese postulado y las numerosas cuestiones relativas por ejemplo a las enfermedades mentales, que podrían, a partir de esa premisa, comenzar a aclararse. Los principios fundamentales de la ciencia oculta o sabiduría arcana van sin embargo progresando en muchos ámbitos. Mientras llega la hora de las definitivas nupcias de ciencia y espiritualidad, siempre nos quedará la posibilidad de compartir inquietudes.

Desconozco el sentido que tiene permanecer con cuerpo en la tierra y a la vez estar fuera, ausente, no se sabe dónde. Al atravesar los puertos nevados, al rastrear con la esponja una piel gastada, al hacer kilómetros y kilómetros junto al mar empujando la silla de ruedas…, me he hecho muchas veces esa pregunta. He explorado posibilidades, pero no he encontrado aún una respuesta absolutamente convincente a esos ojos idos. Escruto de cerca su mirada y trato de averiguar con quién me hallo, si él mora aún tras esa mirada despistada. ¿Partió ya el alma de mi padre o está aún ahí, tras esas pupilas, gobernando aún ese cuerpo grande, inamovible? ¿Con quién hablo cuando una vez al mes me coloco ante ese ser tan querido como, en su nueva faz, desconocido?

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Ganar todos


Las páginas deportivas acercan estos días  contenidos de calado. Lance Amstrong nos ha invitado a explorar este capítulo informativo en el que aparece su entrevista sin desperdicio. No en vano nos ha regalado como nadie sólidos argumentos a favor del “otro mundo posible”. De boca del siete veces campeón del “Tour” se confiesa en realidad una civilización moribunda, un mundo caduco, una cultura altamente desfasada. Le podrán quitar todos los “maillots” amarillos, pero nadie le privará de la valentía de haberse sincerado hasta tal extremo.

El “ganar a cualquier precio” no sólo ha hundido al cliclista norteamericano. De no ser superada esa misma y omnipresente filosofía, puede acabar por hundir al “pelotón” de la entera humanidad. Con la sola mirada en el triunfo, en el beneficio personal, todo, por supuesto el planeta, tiene los días contados. El deporte excesivamente competitivo no es sino el reflejo de una sociedad caracterizada por la pugna a tantos niveles y esferas.

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Tambores cercanos

Lo confieso. Correré tras el estruendo. Tregua decretada en el interno y permanente dilema que pretende confrontar lo pequeño con lo grande, lo particular con lo universal. Ya oigo resonar en los oídos una tamborrada antigua. Permitiré que las melodías de Sarriegi penetren cada una de las células y lo haré sin reparo a la piel de gallina, sin pavor a quedarme enganchado, sin miedo a dejarme atrapar por lo familiar, lo cercano.

No están de más esas melodías que nos sacuden por dentro y de paso marcan un punto, una referencia, un cobijo en el ancho mapa. No está de más sentir el apego y abandonarse y desistir de luchar contra él; escuchar el tañer de los tambores, permitir que campen por las entrañas en todo su estruendo, a sabiendas de que en la próxima vuelta de la vida no habrá quizás bahía, ni Kontxa, ni Sarriegi, pero sí otro escenario mágico, otras sanas catarsis colectivas, otras melodías capaces de emocionar y derritir por dentro…

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Trono en la altura

Trabajamos por la fraternidad humana. No podemos abrigar nada contra ese señor que viene de cumplir 75 años y atiende al nombre de Juan Carlos; que reina desde un lujoso Palacio leyendo los discursos que le preparan. Si algo tenemos en su contra nos lo habremos de trabajar. Representa, aunque nos cueste reconocerlo, el sentir de mucha, mucha ciudadanía. No podemos tener nada contra ningún congénere, porque nuestro desafío último es abrazar, sin reserva alguna, a la entera humanidad .

Ya no nos permitiremos el fatal desvarío de pelear contra el hermano, por más que inciten corona y desatino. Sólo reclamamos nuestra condición de seres emancipados. Somos seres libres, súbditos únicamente de que Quien creo la Tierra y sus Estrellas infinitas y su inmenso Cielo; súbditos de Quienes le acompañan en su Plan Divino de Amor, en su recreación sin límite de cuanto late. Reconocemos sólo la realeza de los hombres y mujeres puros, de quienes se hallan en camino de esa cristalina virtud, de esa incondicional entrega.

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