Unidad en libertad

Hay quien trata de elevar una ley coyuntural, pasajera, circunscrita a un tiempo determinado, como la Constitución española, a nivel de ley eterna e inamovible. Sin embargo las leyes eternas son. Operan en esta y en aquella península, en este y en aquel mundo, en esta y en aquella galaxia. Operan en este y en todos los tiempos pasados y futuros. Son las que la Creación escribió en el libro inmarcesible de la naturaleza. Entre estas leyes superiores encontramos aquella del movimiento, aquella que reza que lo que no se mueve y actualiza muere; aquella que nos habla de la unidad en la diversidad, aquella que aclara que la unidad es un valor superior cuando a ella concurren las partes de forma libre.

Lo que es en pequeño es en grande. Cada persona, cada pueblo ha de buscar su propio destino en la más absoluta libertad. Habrá de ir tras su propia identidad e independencia, madurar en ellas hasta reconocer la necesidad imperiosa de establecer lazos que les vinculen igualmente a otras personas, a otros pueblos. La unidad en la diversidad es valor supremo al que indefectiblemente nos encaminamos, pero ese camino se deberá hollar en la más absoluta libertad. Personas y pueblos deciden sobre su grado de autogobierno. Alcanzada la mayoría de edad nadie puede pronunciarse por ellos.La unidad jamás es impuesta. Su vigorosidad estriba en ese libre concurrir. La unidad es un logro de las partes que de “motu propio” suman sus destinos. La unidad que se pretende forzar sólo logra retrasar el proceso de reunificación verdadera, genuina y libre de las partes. Vayamos unidos porque así lo queremos, no porque se nos impone desde el centro de esta pequeña galaxia por nombre España.

No se deberá de faltar a la aspiración mayoritaria de los catalanes y vascos de decidir libremente sobre nuestro futuro. Unidad es un valor sagrado llamado a ser asumido sin coacción alguna. La Constitución debería ir siempre a la zaga de los valores y leyes superiores. Nunca debiera ser un impedimento que frene ese legítimo derecho a decidir de los pueblos de España. Aún reconociendo el valor coyuntural que esta Constitución haya podido representar en el pasado, hay que recordar (y se hace incómodo y tedioso ese recordatorio) también que una mayoría de los vascos no aprobó esa Constitución, y que su legítimo Parlamento sí optó hace cuatro años por iniciar un proceso de autodeterminación.

Nadie dude de que vamos hacia una casa común. Ésa es la meta humana, ése es el destino de las personas y de los pueblos también de España. Nadie pretenda imponer por la fuerza esa casa común. Será siempre una imposición malograda. Nuestra unidad, nuestra fuerza es aceptar nuestra multitud, enriquecernos con nuestras identidades, nuestros pasados también particulares. Nuestras lenguas, canciones, cuentos, costumbres, montañas… suman, nunca se restan. Tenemos tanto que compartir con los pueblos hermanos de Galicia, Cataluña, Castilla, Andalucía… Tenemos tanto pasado, tanta cultura en común, tenemos esta hermosa lengua que nos vincula… Tenemos demasiadas cosas compartidas como para ahora marcar distancias. Más competencias para los gobiernos Vitoria o Barcelona en el marco de una Europa y un mundo también unidos, si así lo determina la voluntad popular, no tiene porque significar más distancia. La distancia y los desencajes sólo los generan las legítimas aspiraciones frustradas a golpe de decreto ley.

En el año 2012 somos cada vez más los que deseamos borrar las fronteras, sin embargo mayor frontera que los que gritan independencia en el día de la “Diada”, fomentan quienes abortan cualquier consulta popular al respecto del tema. Vamos juntos, pero vamos libres. No tiene que venir la señora Cospedal, ni el señor Aznar a echarnos el lazo y obligarnos a permanecer obligatoriamente en su redil. Los pueblos tienen que hablar, tienen que pronunciarse sobre el grado de autogobierno que desean. Es triste que, quienes entre las filas socialistas y populares se denominan demócratas, tengan tanto pavor a un referéndum, a un domingo en que los/as ciudadanos/as de Cataluña y el País Vasco y quienes lo deseen, se acerquen civilizada y serenamente a unas urnas. Retrasar ese día es retrasar la historia, es conculcar la ley superior del libre albedrío.

Deseo trabajar por la fraternidad humana. Me colma ese ideal como ninguno otro, por supuesto infinitamente más que el de un Estado vasco. Yo no aspiro a la independencia de mi país, pero quiero junto con todos mis conciudadanos vascos ganar en competencias y poder decidir sobre nuestro futuro. Entre otras cosas para concluir con ese referéndum un pasado de mutuas incomprensiones, una espiral de mutuos agravios. Somos un pueblo que se quiere libre y la estrecha unión que muchos deseamos mantener con cada uno de los pueblos de España, aspiramos a que sea confederada, a que se consolide a partir de ese anhelado domingo de referéndum y de libertad, no a partir de la herencia de un dictador o de una monarquía.

Había demasiados pendientes en los setenta y ochenta como para alcanzar a resolver también las cuestiones nacionales. Un poco más asentada la democracia, resta ahora ir a por esos pendientes. Nadie se lleve las manos a la cabeza por las avenidas de Barcelona colmadas de ciudadanos reclamando pacíficamente su derecho a decidir. Ese clamor lejos de escandalizar, debería llamar a la reflexión a muchos políticos de Madrid. Algo no se ha hecho bien en el pasado. Algo estaremos siempre, siempre a tiempo de reparar en el presente.

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