Ciudadanía madura *

Estos días de ánimos enardecidos en África, Oriente Medio y Asia a causa de un vídeo desafortunado contra el profeta Mahoma, de arremetida en China contra todo vestigio japonés a causa de unas minúsculas islas en disputa, invitan a reflexionar sobre el potencial de transformación de las denominadas clases populares. Las preguntas se suceden a la vista de tan lamentables espectáculos callejeros protagonizados por esas masas enfurecidas. El recuerdo media en la reflexión. ¿Por qué llegamos a sublimar en el pasado al “proletariado” y su fuerza emancipadora? ¿Qué es lo que fue vaciando de magia la idea con el paso de los años? ¿Las revoluciones fracasadas, las huelgas sin alma, los crímenes de Stalin, la mentira de tantos caudillos…? ¿Quizás algo de todo ello, quizás banderas rojas a la deriva, sueños sin encaje, ideales amputados, horizontes sin brillo…? Marx no nos avisó del coste de su herencia.

Seguramente fue también percatarnos de que las clases populares carecen a menudo de verdaderos referentes orientativos. El Norte no puede ser sino el bien común, los altos ideales de justicia, de solidaridad, de compartir… El proletariado que considerábamos sujeto de la revolución, protagonista de las transformaciones, puede convertirse también en lastre. La “vanguardia revolucionaria” puede devenir también turba inconsciente. Depende del nivel de cultura y conciencia, depende de los sentimientos que dentro se le agiten. La masa moldeable se enardece con los insultos que profieren los líderes, con sus arengas barriobajeras o agresivas. El populismo de uno u otro signo es freno al avance de los pueblos.

El verdadero líder es quien es capaz de elevar los sentimientos y mirada del pueblo, no de estrellarlo contra embajadas o credos diferentes. Es quien achica la patria propia y engrandece la ancha patria planetaria, quien fomenta siempre unidad en diversidad, quien sabe que la tierra no es de nadie y es de todos/as, que los peñones, ya se llamen éstos “Perejil” o “Senkaku” (islas del Asia oriental en litigio), no merecen una sola gota de sangre. Los verdaderos líderes saben que los grandes mensajeros de lo Alto participan de un mismo Plan, han trabajado siempre unidos y que jamás aceptarían una ira que carga contra los seguidores de otras religiones. El verdadero líder se sabe condenado a perder seguidores a nada que ganen sus palabras en genuino contenido, que apunte a más altos ideales, que sugiera superiores retos, que proponga necesarios sacrificios. El verdadero líder es capaz de elevar el nivel de conciencia de las masas, de forma que cada vez sea más la mente superior ordenada, y no la emocionalidad descontrolada, la dueña de su destino.

La marabunta puede asaltar embajadas, quedarse afónica reclamando unos palmos de tierra, puede llenar estadios, plazas de toros… El liderazgo populista sabe hablar a las tripas del tumulto, o en su caso enchufar el particular y adormecedor “Tele 5” a la hora apropiada. Por el contrario, el verdadero liderazgo habla a la naturaleza superior del humano, por eso tan a menudo su popularidad se ve mermada y se resiente en los escrutinios. Este liderazgo repara más en los “unos” que en los “ceros”, en los individuos que empiezan también a ser guiados por su naturaleza elevada; que optan por el compartir y el bien común, más allá de lo que le dicten sus tripas o intereses meramente personales. El “cero” es pan y fútbol, pan y toros, pan y quema de embajadas, pan y “Perejil”, pan y falta, en definitiva, de conciencia colectiva y altruismo.

La masa habrá de madurar hasta un día tornar sociedad civil organizada, concientizada en pos de altos ideales. Cuando el amor-inteligencia se impone, cuando la mente termina gobernando a las entrañas; cuando la reflexión, el diálogo y el sano debate se introducen, ya estamos transitando a una sociedad más civilizada y evolucionada. Cuando comienzan a abrirse círculos y se levantan las tiendas de campaña y se colma una gran plaza por nombre “Sol”, cuando los pasos se encaminan hacia la luz de esa esfera incandescente que permanentemente da sin esperar nada a cambio…, ya estamos ante una ciudadanía más consciente y dueña de su destino. Civilización es sólo una barbarie ya desfasada, una crueldad que se deja atrás. La diferencia entre masa inconsciente y sociedad civil organizada estriba en que la primera responde de forma prioritaria a los impulsos de la naturaleza inferior, de la baja astralidad, de sentimientos competitivos, cuando no agresivos, ya de nación predominante, ya de religión o de equipo de fútbol…, mientras que la segunda se guía por objetivos más generosos y altos ideales. El liderazgo será por lo tanto clave en ese tránsito imprescindible.

Nos llegamos a creer lo que decían Marx y Marta Harnecker del proletariado como único motor de la revolución. Sin embargo, ¿podíamos hablar también de agente desconcertante, cuanto menos sorpresivo? ¿Toda la esperanza había de confiarse a las clases populares? Todavía hay demasiados humanos capaces de batirse por un trozo de tierra, por algún jirón de religión o ideología. Tampoco termino de ver el aspecto necesariamente emancipador de pelearse por una paga extra. Al día de hoy, la esperanza de trasformación podría pivotar en las clases con acceso a la educación, en la medida en que la cultura sea capaz de derribar fobias y principios atávicos, en que la cultura devenga conciencia grupal, global, en definitiva conciencia solidaria, en la medida en que “Tele 5” permanezca más tiempo callada en sus hogares… En general el potencial de transformación podría descansar más en las clases ilustradas, cultivadas, en la medida en que la cultura y la educación proporcionen también claves de discernimiento y ayuden a la formación de un criterio propio, no fácilmente manejable.

Hacen falta altas miras, altos horizontes, altos ideales. Sin ellos, fuego en mano, podemos salir corriendo al dictado del caudillo de turno, podemos ser utilizados por un liderazgo oscuro; sin ellos podemos pasar a engrosar las filas encolerizadas ya del populismo político, ya del fundamentalismo religioso. La humanidad avanza. Nadie lo dude. La turba se congratulaba ayer en los circos en los que se torturaba y mataba a los humanos, hoy cada vez hay menos que se divierten cuando en el coso hacen otro tanto a los hermanos animales. La ciudadanía consciente terminará aventajando a la, en menor o mayor media, desalmada, pero lamentablemente los toros volvieron a TVE y aún hay demasiado olor a bandera ajena quemada, demasiado fuego desatado contra el crucifijo o el Corán de los otros.

Una porción de esa ciudadanía que desea apostar por los altos ideales apuntados, nos reuniremos en el Palacio de Congresos de Madrid, el próximo domingo, 30 de Septiembre, en el marco del acto convocado por la Fundación Ananta (www.fundacionananta.org) y que lleva por nombre “Contigo somos + paz”. ¡Te esperamos! ¡Sumamos corazones y voluntades en favor de la paz, en favor de ese otro mundo más humano y fraterno! 

* Imagen de la comunidad de Dmanhur en Italia

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